Ictus y disección carotídea superados (y un anuncio importante)

Iba a merendar sentado en una silla, en la mesa del comedor. Mi mujer estaba en el sofá, detrás de mí pero un poquito a la izquierda, meciendo a Abril, nuestra hija de dos meses. Podía verme medio de espaldas medio de perfil. Charlábamos tranquilamente y…

Y de golpe me quedé enganchado. La boca se me encasquilló, como la pistola del malo en las pelis de John Wayne. No podía mover la mandíbula. Tampoco la lengua.

En ningún momento perdí la conciencia. No sé si habría sido mejor, porque cuando lo recuerdo todavía se me eriza la piel y me dan ganas de llorar. Me di cuenta de todo. Me asusté muchísimo. Creo que preferiría no acordarme.

Mientras yo intentaba mover la lengua, Meli se levantó con Abril en brazos y se puso delante de mí.

—¡Rober! ¿Qué te pasa? ¡Dime algo! ¡¡Dime algo por favor!!

No podía. Quería. Lo intentaba con todas mis fuerzas. Pero no podía hablar.

Hasta que lo conseguí. No había pasado ni medio minuto, aunque para mí fue como un día entero, cuando empecé a mover la lengua y la boca, todo exageradamente lento.

—Rober, cariño, ¿qué te pasa? ¡¡Dime algo!!— Meli insistía, aterrada.

Medio minuto más paralizado, hasta que por fin pude sacar algo de aire a la vez que movía ligeramente la boca para decir a cámara superlenta:

—Es…pe…ra.

Yo notaba y sentía muchas cosas a la vez, y no quería perder los nervios. Trataba de no dejarme llevar por el pánico. Respiraba profundamente.

—¿Espera? ¿Espera a qué? ¡Voy a llamar a una ambulancia!

—Es…pe…ra. Tran…qui…la. Tran…qui…la.

Un silencio largo, eterno, de unos cuantos segundos más. Volví a coger aire, hondo, como cuando quieres atravesar la piscina buceando de una tirada. Sentí que podía hablar, por así decirlo:

—Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien….

Me quedé otra vez enganchado, como un disco rayado. Yo quería salir de allí. Intentaba parar o cambiar de frase. Y, de nuevo, no podía. Repetí “estoy bien” al menos treinta veces.

Mientras, Meli corría a por el teléfono para llamar a una ambulancia.

ICTUS SUPERADO…

Nos lo habían advertido. De hecho, parece que es algo matemático.

Después de una disección carotídea como la que había sufrido un par de semanas atrás lo más probable es tener un infarto cerebral en menos de quince días. Cuando sales del hospital te avisan: “Te vas a casa, pero con riesgo de sufrir un ictus. Si notas cualquier cosa rara, como la cara acorchada, que dices cosas sin sentido o que se te paraliza un lado del cuerpo… en fin, CUALQUIER cosa, llamáis a urgencias inmediatamente”. Pero no te dicen “esto casi seguro que te va a pasar”. Eso, al menos a nosotros, nos lo explicaron bastante más tarde —suponemos que porque no quieren que te marches a casa pendiente todo el santo día de si va a venir y cuándo va a venir.

Por eso hasta octubre no supimos realmente lo que había ocurrido —aparte de que algunas cosas no acababan de cuadrar—, cuando me dieron los resultados de las últimas pruebas y había pasado suficiente tiempo como para sacar conclusiones de “lo importante”, cómo había quedado mi carótida, y el alcance de todo aquello a nivel cerebral, el daño real que había sufrido —que confirmaba lo que sospechaban.

Aquel día de mediados de junio sufrí por lo que me han contado lo que antes llamaban un ictus leve o menor, ahora matizado como ataque o accidente isquémico transitorio (AIT), en palabras coloquiales de mi neurólogo “un micro-infarto”, un episodio relativamente corto en el que se interrumpe el riego sanguíneo de un área cerebral y que provoca cierto daño, pero que no llega a “freír” del todo el cerebro, por lo que no suele dejar secuelas importantes o irreversibles.

En mi caso, la única secuela que me ha quedado —y que no te voy a contar para que no te despistes intentando averiguarla si algún día nos vemos— es casi imperceptible. Además, también me llevo de propina algo que parece ser muy habitual después de haber sufrido cualquier accidente cerebrovascular (y también en enfermedades neurodegenerativas), no sabemos hasta qué punto secuela y hasta qué punto autosugestión: me he vuelto hipersensible de narices. El otro día me puse a llorar como una Magdalena cuando le cantaba la sintonía de “David el gnomo” a Abril.

Anyway, pillar la disección a tiempo y tratarla lo antes posible es vital. Y es lo que me salvó de un infarto de los chungos.

…¡Y DISECCIÓN SUPERADA!

Pero lo mejor de todo no es eso.

Antes te contaba que “lo importante” era el estado de mi carótida —si no quedaba “bien”, era probable tener más sustos en el futuro.

En principio y generalmente lo que ocurre es que se queda tal como está después de la disección, ocluida de por vida.

Normal. El cuerpo quiere protegerse de futuros accidentes y sus fatales consecuencias. Y cicatriza y calcifica la arteria, anulándola, que tampoco es algo tan grave teniendo en cuenta que tenemos otras tres vías de riego hacia arriba, la otra carótida y las dos arterias vertebrales.

Pero a veces… a veces el cuerpo encuentra la forma de volver a abrirse paso. Lo llaman repermeabilización o recanalización. Mi carótida lo ha hecho. Ha cambiado un poquito su forma original y ya no sube recta; ahora es como un meandro que se supone que esquiva la zona lesionada. Y tiene buen calibre. Y lleva sangre al cerebro. Según el médico, literal y vascularmente, vuelvo a tener “un cuello como el de cualquier persona sana”.

GRACIAS

Al final de esta pesadilla solo puedo sentirme tremendamente afortunado. En estos seis meses me he convertido en un experto en accidentes cerebrovasculares. La prevalencia es enorme y va a más. Aunque se sigue progresando en este sentido y los pronósticos y procesos de recuperación mejoran, las secuelas que arrastran la mayoría de los afectados son muy jodidas. Aquí en España entre las mujeres el ictus es la primera causa de muerte. He tenido mucha suerte de que todo haya terminado así y doy gracias de poder contarlo.

Ahora, también me siento agradecido porque he aprendido un montón de cosas que no habría aprendido de no haber vivido esta “aventura”. ¿Me he iluminado después de algo así? Pues no, en absoluto. Eso no pasa. De hecho, mi vida tampoco ha cambiado tanto. Lo que ha cambiado drásticamente es mi forma de verla, de entenderla y de tomármela. En este sentido, la lista de aprendizajes es infinita, y los que me quedan, intuyo. No creo que la inercia que ha generado este episodio se detenga.

Hoy, aparte del anuncio que dejo para el final, no voy a entretenerte más porque sé que vas justo de tiempo, como todos.

Solo quería que supieras dos cosas:

· Que estoy perfectamente y que M de Movimiento y el Laboratorio van a volver a estar operativos muy pronto, el blog en un par de días y la plataforma a primeros de año.

· Que el agradecimiento del que hablaba también va para ti, que sé que has estado ahí pendiente, esperando, que me has escrito mensajes privados, comentarios, emails preocupándote. Gracias, de verdad.

(Bueno, en realidad quería que supieras tres cosas…)

UN ANUNCIO IMPORTANTE

Aparte de todo lo que te he contado, esta publicación tiene un propósito: anunciarte algo importante. Ahí va…

A partir de ahora en este blog solamente publicaré artículos que te sean útiles a ti para moverte más y mejor, tanto a nivel conceptual como sobre todo práctico. Nada más.

O lo que es lo mismo, si aplicas la regla de plata: no voy a publicar nada más a nivel personal. Ni anécdotas, ni proyectos, ni logros, ni anuncios sobre mis talleres, clases o cursos, ni mis experiencias como padre, etc., ni entradas del estilo como la que estás leyendo ahora.

Puede que los mencione, por supuesto, pero no dedicaré más publicaciones completas para estos asuntos como venía haciendo los últimos años, aunque estén relacionadas con el movimiento.

Todo eso me lo guardo solo para los que, como alumnos, estén suscritos a la newsletter del Laboratorio, aquellas personas que voluntariamente han mostrado más interés por mi trabajo y, en parte, mi vida. El blog no voy a “ensuciarlo” con mis cosas porque quiero que sea un servicio totalmente público, también para quien esté de paso y no quiera quedarse.

En definitiva, si eres un lector habitual del blog, quieres estar al tanto de mi trabajo, servicios y convocatorias, y todavía no eres alumno, regístrate gratuitamente en el Laboratorio de Movimiento. Encontrarás varios trainings de bienvenida esperándote, sin coste alguno.

Y de vez en cuando recibirás una newsletter con las novedades del blog y el Laboratorio, y anuncios de mis clases y cursos, y tal vez historias de mi vida personal, eso sí, solo cuando me sirvan para contextualizar lo que vaya pasando en el Laboratorio, y así, con todo, mantener contigo una relación más directa, estrecha, humana.

Por otro lado, como te decía, muy pronto regresaré por aquí con ideas, tutoriales, rutinas… En fin, a publicar regularmente.

Hasta entonces, ya lo sabes, ¡muévete!

Gracias por tu tiempo.

Un abrazo,

Rober Sánchez