Cuando digo que no soy religioso, me refiero a que no me siento identificado o «removido» por ninguna religión en particular.
Desde los 6 hasta los 18 estudié en un colegio de jesuitas.
Mi cultura está claramente acunada en el catolicisimo.
Por curiosidad, he tenido aproximaciones a otras perspectivas, incluso inmersiones algo más «serias» en el budismo zen (de forma extremadamente disciplinada en la práctica de «su» meditación) y el taoísmo.
Ahora mismo no me caso con ninguna y dudo de que lo haga en lo que me queda por aquí —liberado ya de métodos, rituales, tradiciones, hábitos… ¿Disciplina?
Y, al mismo tiempo, siento un intenso respeto e interés por la religión como tal, por los principios que hay detrás, por su utilidad individual y social, y por sus simbolismos y metáforas.
Y en Navidad, como en tantos otros momentos del año, me siento triste, apenado.
¿Por qué?
Verás.
Al menos por aquí, en la Barcelona «moderna», en general (habrá alguna excepción), tú vas a cualquier niño o adolescente y le preguntas por la Navidad.
Por la Historia y por el «cuento», por la narrativa y el símbolo, por las enseñanzas y cómo recontextualizar esa historia de hace 2000 años en el momento actual.
Por lo profundo, por lo hondo, por lo complejo, vaya.
Y suenan grillos.
Nada de nada.
Solo hay superficialidad, vacaciones, regalos, comidas, seres fantásticos, luces de colores.
No es que los de mi quinta (soy del 80) fuéramos unos eruditos.
Pero, co ño (¿se pueden decir tacos en Navidad?), algo había.
Algo había que se está perdiendo, si no se ha esfumado ya.
Como para no estar triste.
Las consecuencias… bueno… las tenemos en las narices.
Y te lo dice un «no religioso» convencido.
No puedo evitar que la cabeza se me vaya al movimiento.
Porque cada vez más y más y más está ocurriendo lo mismo.
Paradójicamente, a más y más y más información hay más y más y más desconocimiento.
Andamos con prisa, entre expertos, fórmulas y «deberes», ansiosos y despistados con la superficie y superficialidad (de «hacer ejercicio»).
Y no somos conscientes, no intentamos comprender, no conectamos los puntos, no ahondamos.
Incluso para quien esté muy «en forma», creo que no se termina de ver, de ver de verdad, hacia dónde conduce esta manera de moverse.
Bien.
Si tienes interés en sumergirte en el movimiento, tengo tres propuestas.
(1) La primera es asentar las fundamentos de la conciencia y fuerza articular, e impregnar de movimiento lo cotidiano, la vida diaria.
Ocurre en Movilidad Natural.
(2) Una vez los cimientos están consolidados y uno es consciente y sabe moverse como un ser humano de verdad (y no un robot, de ahí lo de «natural»), el siguiente paso es afianzar la fuerza de los patrones básicos.
Todo movimiento requiere de aplicación de fuerza.
Si la gente supiera lo fácil que es esto…
En Calistenia Minimalista lo enseño todo.
(3) Móvil y fuerte de verdad, uno ya puede plantearse lo que le dé la gana, las posibilidades.
De coordinación, de agilidad, de ritmo, de fluidez, de memoria, de moverse bocabajo, de rodar y girar y pivotar y saltar…
Entre Locomociones, Invertidas y La Práctica tienes movimiento para toda la vida.
Todo está aquí:
Cursos del Laboratorio de Movimiento
Rober
PD: ¿Superficie y tristeza? No. ¡Profundidad y alegría! En el enlace.