(Esto lo escribí el 13 de enero de 2023, justo después de que Shakira destrozara a Piqué)
Como lo que pasa antes de que los peques vuelvan al cole después de las vacaciones no cuenta para casi nadie, podríamos decir que esta semana ha sido oficialmente la primera semana del año.
Y vaya cómo ha empezado.
Shakira liándola parda.
Y cuánto nos gustan el cotilleo y los chanchullos de la intimidad.
Y más cuando implica una especie de batalla entre mujeres y hombres y viceversa.
Así que me subo al carro.
Hablemos de luchar en el gimnasio y ganar fuerza y tal.
En mujeres, sobre todo.
Y en hombres también, por qué no.
Porque aunque no pase exactamente el mismo desastre, pasa exactamente el mismo desastre.
¿Podría ser un desastre de género… pero sin género?
Veamos, veamos.
Estos días me están pasando dos cosas:
- Como cada invierno, voy al gimnasio para “hacer ejercicio” más que moverme, y rellenar algunos huecos y debilidades que he detectado durante el resto del año o que intuyo que pueden llegar a serlo en el futuro, según lo que tenga en mente que quiero abordar a partir de la primavera.
- En casa estamos viendo Machos alfa en Netflix, y mi mujer y yo nos estamos descojonando.
Empecemos por la serie.
En el tercer capítulo, una de las protas, que está atravesando una doble crisis (los cuarenta + la falta de sexo con su marido), se obsesiona con perder peso.
Hasta tal punto que recurre a las anfetaminas que le han recetado a su hijo hiperactivo, porque reducen drásticamente el apetito.
Como ve que adelgaza, va al gimnasio a darse de baja.
Pero en recepción, un PT (personal trainer) la pilla por banda.
Ella, que va colocada de pastillas, se lo confiesa todo.
Y él le dice:
–Mira, yo con lo de las pastillas no me voy a meter. Pero ten en cuenta una cosa. Si adelgazas pero no haces ejercicio, sobre todo de fuerza, se te va a quedar todo colgando. Y conforme más tiempo pase, más te va a colgar y más te va a costar ponerlo todo en su sitio.
Ostras.
Me parece, como todo lo fit, muy superficial.
Pero, aunque sea desde esa óptica, es una verdad como un templo.
Buena lección gratuita.
Entonces, estas semanas yo voy al gimnasio bastante a menudo.
Allí soy como siempre soy.
Discreto.
Voy a hacer lo que voy a hacer.
Entrenar.
Pero como eso implica descansar un montón entre series, también aprovecho para hacer otra cosa.
Mirar.
Total, que hago dos cosas:
Entrenar y mirar.
Mirar, como siempre, intento hacerlo de la forma lo más objetiva posible.
Lo que me permite:
- Ver.
- Valorar.
- No juzgar.
Así que veo, valoro lo que veo y no juzgo lo que veo.
Por lo que no juzgo a las personas que veo, aunque sí puedo valorar lo que les pasa.
Y pasa el desastre del que hablaba.
Sobre todo en mujeres.
También en hombres.
En el centro de la sala hay una especie de jaula con un montón de cachivaches.
- Unas monkey bars.
- Unos sacos de boxeo.
- Unas sogas con las que la gente dibuja ondas en el aire.
- Kettlebells, sacos de arena, balones medicinales, bandas elásticas.
- Y todo iluminado con unos focos en plan discoteca, con luces de colores, que se mueven y todo.
Lo juro, de verdad.
La llaman Queenax –o algo así.
A ciertas horas despejan la zona, encienden las luces y la música, y empieza la fiesta.
Hacen una actividad dirigida en la sala de fitness.
Y entre diez y quince personas, la mayoría mujeres, y unos pocos hombres, se distribuyen por la jaula.
Y usan todos los artilugios en modo de circuito, según las indicaciones del monitor.
Las llaman, ojo, strength and conditioning.
Es decir, fuerza y acondicionamiento.
Y aquí empieza el desastre, ya engañando al personal.
Porque, cuidado, en cierto sentido la cosa podemos decir que está bien.
Desde el ángulo del ejercicio, allí hay conditioning.
Tal vez no de la mejor manera, pero lo hay.
Ahora…
¿Strength?
¿Fuerza?
Pero vayamos a por esas muchas mujeres y esos pocos hombres, que son lo importante.
Solo basta mirar.
Mirar para ver como describía arriba.
Y no me refiero a mirar lo que hacen.
Sino los cuerpos.
Qué les pasa a los cuerpos.
Basta con mirarse y ver qué le pasa al propio cuerpo.
Si te parases a mirarte, para valorarlo sin juzgarlo, verías esto:
No está funcionando.
No funciona.
Así no.
Puede haber incluso cierta conciencia en torno a la fuerza, gracias a lo que insisten los expertos.
Pero eso no es fuerza.
No están practicando fuerza.
No están ganando fuerza.
Allí ni hay ni habrá cuerpos fuertes.
Más bien un buen puñado de mujeres y algunos hombres moviéndose al son de alguien externo, obedeciendo instrucciones, sin estimular específicamente la fuerza y de manera adecuada y adaptada a la condición y contexto individual de cada persona.
Esto, en mi opinión, vale mucho la pena mirarlo.
Para valorarlo, sin juzgarlo.
Para verlo.
El desastre. digo.
Y cómo y cuánto se va a alargar si no se ve, se comprende y se cambia el enfoque.
*Con un asterisco que me dejo para la posdata, por aquello del género.
Bien.
Yo tengo el curso Calistenia Minimalista – Antiprograma de Fuerza de Brazos y Piernas.
Te pones fuerte de verdad.
En el gimnasio, en casa, en el parque, donde quieras.
Adecuado individualmente a ti y solo a ti.
Sin obedecer, porque aprendes a hacerlo tú misma.
En el enlace.
Rober
PD: el asterisco.
Esto es lo que se ve cuando miras a la jaula esa, y a las clases dirigidas, incluidas las de “fuerza”, donde las estadísticas dicen que suelen haber más mujeres.
¡Pero!
Pero si miras a la sala de fitness, más allá de la jaula, que está plagada de hombres y hay unas pocas mujeres, ves que pasa exactamente lo mismo.
Cuerpos que, incluso aunque lo aparenten… ¿Fuertes?
Allí ni un 10% de los tíos pueden hacer una sola flexión de brazos o dominada en condiciones.
En general y traspasando géneros, mires donde mires, hay muy pocas personas que comprendan esencialmente en qué consiste un acondicionamiento orientado hacia el estímulo y la ganancia de fuerza.
Y, entre otras cosas, lo simple que es.
Y lo poco que se necesita.
Y lo mucho que se pierde el tiempo.
Se puede aprender y hacer de otra manera mucho más factible y efectiva.
Arriba.