Analicemos en serio los burpees

Solo ten en cuenta esto.

Escribo estas líneas a las 6:03 de la mañana, después de un paseo matutino de diez minutitos.

Las mejores ideas, las más inspiradoras, los clics con más impacto en mi vida, han ocurrido de esta manera y a estas horas.

Acabo de tener una alucinación.

Jiddu Krishnamurti fue un pensador que dedicó toda su vida a indagar acerca de la naturaleza de la conciencia humana y la separación mental entre el observador y lo observado.

Por muy “raro” que parezcan el tema y su nombre, no te pienses que era un tipo al estilo Osho, con sus Rolls-Royce, rituales y orgías.

Al contrario, una de sus propuestas más firmes era que rehuyéramos de todo ritual.

“Los rituales y los hábitos, automáticos y repetitivos, hacen que la mente se vuelva tonta”, decía.

Y, además, aunque se dedicara a dar charlas, que él no describía como tal, sino como un “vamos a pensar juntos”, a menudo confesaba que no le gustaba demasiado, y que seguramente la mejor conferencia que podía ofrecer era sentarse y permanecer en silencio.

A mí, particularmente, me tiene fascinado desde hace un par de años.

Especialmente y justo por eso:

Por su manera de pensar, de abordar cualquier cuestión.

Que, lejos de misticismos o exotismos, por no decir esoterismos, era pragmática y, según él, incluso científica.

Mediante el discurso, trataba de centrarse solo en hechos.

No en creencias, no en prejuicios, no en convencionalismos, y muchos menos en tradiciones. Nada del pasado.

Solo hechos –presentes.

Y a partir de ahí dejaba emanar todo lo demás.

Y total, que aquí me tienes, a las 6 de la mañana.

Después de tener una alucinación mientras venía hacia la cafetería.

Krishnamurti se me ha aparecido en medio de la calle.

Y estaba haciendo burpees, decenas de burpees.

Luego me ha mirado y se ha levantado.

Y me ha dicho:

¿Lo ves?…

Míralo bien.

¿Lo ves?

Claramente, los burpees son un símbolo, el estandarte del fitness, una metáfora del “hacer ejercicio”.

Y si me invitaba a ver algo, debía ser el hecho.

El hecho es uno:

He visto a un tipo lanzándose al suelo bruscamente, golpeándolo con el estómago, impulsándose para encoger las piernas y ponerse en cuclillas, saltando mientras extendía el cuerpo hacia arriba y dando una palmada por encima de la cabeza.

Así decenas de veces.

Este es el hecho.

Después se me ha ido la olla.

Y me han empezado a venir preguntas.

Preguntas sobre el propósito, el sentido, el cómo, el cuánto, el porqué, el para qué, la utilidad, qué pretendía, qué buscaría, qué esperaría…

…y, sobre todo, qué haría que Krishnamurti se pusiera a acumular y acumular y acumular repeticiones de un gesto en particular con el único objetivo de completar, no sé, 50, 60, 100 repeticiones después de verlo apuntado en una pizarra, una aplicación de un móvil o un post de Instagram de un influencer y su “entrenamiento del día”.

Y todo en el mínimo tiempo posible, rápido rápido ¡rápido!, por supuesto.

Que no luchas contra los demás.

Pero sí contra un crono. Y contra ti mismo. Para “alcanzar tu mejor versión”. Disciplinadamente.

“Vamos. Tú puedes. Una más”.

Seguidamente, me ha dado un escalofrío.

He vuelto en mí, como tranquilo, orgulloso, por qué no.

Me he acordado de que enseño todo lo contrario.

Aquí:

La Práctica. Exploración – Aprendizaje – Diversión

Rober

PD: quizá lleno de prejuicios. Todavía no me he iluminado. Pero es que tarde o temprano estas cosas hay que aterrizarlas, llevarlas al suelo, expresarlas en lo más ordinario, normal, humano. En el enlace.