Moverse con la inocencia de un niño. ¿Jugar, dices?

Da igual donde mires. Filósofos, psicólogos, gurús espirituales… en cierto sentido todos acaban coincidiendo en la misma idea. Para llevar una vida plena uno haría bien en desaprender lo aprendido, y una vez nos hemos desprendido de toda una serie de creencias y normas que nos limitan y privan de libertad, mantenernos vacíos y no aferrarnos a nada, fluyendo en el asombro y disfrutando de la incertidumbre del día a día.

Algo así como volver a ser niños. Es a esa temprana edad cuando todavía no hay creencias, no existen normas –aunque los adultos intenten imponerlas–, y por tanto tampoco hay muchas limitaciones. Un niño vive inocente y asombrado, sólo piensa y siente el presente, y la mayor parte del tiempo sólo hace una cosa: jugar. Por eso puede crear la realidad que quiera en cualquier momento. Por eso sonríe más de 400 veces al día, mientras el 30% de los adultos no sonríen más de 20 y el 14% no superan las 5 (The power of smiling, Ron Gutman TED 2011). Un niño es libre y, en consecuencia, se siente fenomenal.

Sucede lo mismo con nuestro bienestar físico, y en especial con el movimiento.

De bien pequeños la mayoría somos flexibles, ágiles, delgados –aunque preocupantemente cada vez menos-, enérgicos… Estamos sanos y gozamos de ciertas libertades físicas y mecánicas.

Son los años los que nos limitan, y no sólo por el deterioro natural del cuerpo.

Conforme crecemos nos vamos moviendo menos. Las clases de juegos infinitos y psicomotricidad se tornan en deportes finitos y ejercicios cuantificados –quién corre más, quién salta más. La práctica de movimiento se convertirá en algo poco estimulante, aburrido y con aires de obligatoriedad, y los objetivos estéticos acabarán de matar el amor por el movimiento en todos aquellos que no consigan un cuerpo diez –la mayoría, gracias al gran trabajo de los publicistas, generadores de insatisfechos permanentes. Abandonamos, o luchamos a base de “el lunes empiezo”, y pronto empezamos a adoptar una forma extraña, algo así como un 4. ¡Eso es! ¡Es la forma exacta de una silla! Nuestros músculos se acortan y atrofian, nuestra cabeza se inclina hacia delante y se nos hinchan las piernas. Y cuanto más limitados nos vemos, menos nos movemos, hasta vernos atrapados en un círculo vicioso, como tantos otros.

Unos cuantos se atreven a desafiar la norma e intentan mantenerse en movimiento. Eso es, sin ninguna duda, una buena noticia. Pero, por desgracia, nuestra cultura analítica, carente de perspectiva y visión global, sigue poniendo normas. Hacemos ejercicio cardiovascular a una intensidad constante durante más de 25 minutos –de otra manera dicen que no quemamos grasa; sin comentarios–, entrenamos sentados en máquinas, trabajamos y estiramos específicamente músculo por músculo, hacemos siempre los mismos ejercicios de Pilates o Yoga en posiciones y orden estricto, controlamos exhaustivamente la respiración –¿cuándo se nos olvidó respirar?, etc. Todo son normas. Todo son limitaciones.

Claro. Por supuesto que ciertas normas servirán tanto para prevenir, especialmente del riesgo a sufrir alguna lesión, como para hacer hincapié en el desarrollo específico de una cualidad o una habilidad en concreto. Pero ¿realmente son necesarias tantas normas? ¿Dónde está la libertad? ¿Y el juego? ¿La diversión?

La vida real no necesita tantas reglas. Las reglas sólo intentan mantener un control que en realidad no es más que una mera ilusión de la mentalidad humana, insegura y miedosa. Sin embargo, una y otra vez, día tras día, la vida nos da lecciones de que el control no existe. Es necesario volver a confiar, dejarse llevar y disfrutar del caos y la incertidumbre de vez en cuando.

Es hora de recuperar la inocencia en el movimiento y minimizar a lo justo y necesario lo analítico y limitador. De hecho, por mucho que queramos controlar nuestros gestos y adquirir ciertos patrones de movimiento en su mayoría lineales, nuestra vida diaria está llena de sorpresas y millones de combinaciones mecánicas. ¿Qué sentido tiene ejercitarnos de manera tan técnica y linealmente estricta?

Y dejemos a un lado nuestra tendencia mental binaria, el blanco y el negro. No se trata de desterrar totalmente el entrenamiento analítico, sino de integrarlo en una práctica de movimiento más orgánica, improvisada, lúdica, espontánea y, al fin y al cabo, natural.

Además, no debemos olvidar que el exceso de reglas y las limitaciones juegan un papel bastante desfavorable en el desarrollo de la creatividad, la expresividad emocional, la toma de decisiones y la capacidad de enfrentarse a nuevos desafíos, aparte de hacer de la práctica de movimiento algo sostenible a nivel mental. Siendo sinceros, es imposible disfrutar toda la vida haciendo lunes, miércoles y viernes la misma serie de Pilates, por ejemplo. El cuerpo, y la mente, necesitan variedad y estímulos nuevos y diferentes para seguir creciendo y, si puede ser, pasándolo bien. En el momento en que una actividad deja de ser estimulante, la necesidad de adaptación desaparece, con ella la motivación, y finalmente el propio movimiento. Y ya sabemos que todo lo que no se mueve acaba por morir.

Necesitamos ampliar nuestro espectro, aunque sea un poco, más allá de toda esa práctica de gimnasio basada en el análisis y los “patrones motrices adecuados”, y definitavemente volver a ser niños también en nuestro movimiento diario.

Y de ese modo, sin tantas reglas ni normas, mantener o recuperar esa agilidad, movilidad, capacidad combinatoria de movimientos, energía, capacidad de respuesta… Algo así como si volviéramos a ser niños, como si otra vez quisiéramos jugar y divertirnos, recuperando la inocencia también en el movimiento.

 

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