Si yo puedo, ¿tú puedes?

Si yo puedo, tú puedes. Si tú puedes, yo puedo.

Permíteme dudarlo, por muy requetechula que suene la frase, por mucho que la enchufe en una foto mía escalando el Everest sin cuerda ni oxígeno, por mucho que le ponga de fondo la banda sonora de Braveheart, por muy bien que quede en todos esos vídeos ultramotivadores de Youtube, justo después de otras perlas pseudomotivadoras como “nunca te rindas” o “querer es poder”. ¿O era “poder es querer”? Siempre me hago un lío con estas cosas…

Da lo mismo. Que yo pueda no quiere decir que tú puedas. Que tú puedas no quiere decir que yo pueda.

Y aunque podríamos profundizar mucho sobre el tema, ésta es una de las grandes mentiras de los “cutre-intentos” de discurso de motivación que se pueden encontrar por ahí básicamente por tres motivos.

Primero, porque tú y yo somos personas totalmente diferentes, con unas circunstancias personales totalmente diferentes.

La cruda realidad es que no tenemos los mismos antecedentes, el mismo trabajo, la misma familia. Puede que todo lo que haya hecho hasta ahora pero que yo no te he explicado, a propósito o sin querer, me lo ponga mucho más fácil que a ti. Puede que sea multimillonario o que tenga bastante trabajando tres horas al día, sea por el motivo que sea, no como tú que trabajas ocho y en horario partido y te queda poco tiempo y energía al final del día. Puede que yo no tenga esa gran responsabilidad llamada “hijos”, y sepas mejor que yo de qué estoy hablando.

Segundo, porque tú y yo somos personas totalmente diferentes, con unas características –y tal vez limitaciones– personales totalmente diferentes.

Puede que mi carácter y personalidad me lo ponga mucho más fácil para hacer eso que a ti también te gustaría tanto hacer –o eso crees. Puede que mi joven edad sea una ventaja. Puede que mi salud sea de hierro, gracias a mis antecedentes o a mi genética –qué más da–, y en cambio tú ya estés hecho un cromo.

Y tercero, porque tú y yo somos personas totalmente diferentes, con unas motivaciones totalmente diferentes y, sobre todo, una predisposición para pagar ciertos peajes absolutamente diferentes.

Puede que yo esté dispuesto a no comer, dormir, quedar con los amigos, ver la televisión, salir de fiesta o lo que sea con tal de conseguir lo que quiero, y tú simplemente no quieres dejar de hacerlo –con todo el derecho del mundo. Puede que yo prefiera sacrificar ciertos placeres convencionales, y tú simplemente tengas otras prioridades.

Si yo puedo, ¿tú puedes? Si tú puedes, ¿yo puedo? Claro que no. Somos totalmente diferentes.

¿Qué importa si podemos o queremos?

De todas formas, que yo pueda y tú no, o que tú puedas y yo no, no es lo más importante, y por tanto todas esas comparaciones absurdas que acabo de hacer no sirven para nada.

Porque la pregunta fundamental no es si tú puedes, ni tan sólo si tú quieres, sino honestamente… ¿por qué narices quieres copiarme, hacer lo que yo hago, ser como yo? ¿O por qué narices quiero copiarte, ser como tú?

¿No sería mejor que encontráramos y siguiéramos nuestro propio camino?

¿No valdría más la pena deshacernos de esa inútil y obsesiva admiración que sentimos por otros hasta tal punto de nublarnos la vista y vivir de sueños que tan siquiera son nuestros y que probablemente jamás podremos hacer realidad?

Una vez respondes todas esas preguntas desde la mediocridad, la autenticidad y sin complejo de ningún tipo, si da la casualidad que pretendes hacer lo mismo o algo parecido a lo que yo he hecho, entonces no habrá nada que discutir.

Sólo entonces, a pesar de las circunstancias y características personales, si yo puedo, tú también podrás. Y si tú puedes, yo también podré.

 

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