7 lecciones sobre movimiento de una abuela de 92 años

(O algo así cómo “Y ahora vas y me pones la excusa que quieras como la edad, o los dolores, o la falta de tiempo, o la inexperiencia… de por qué no te mueves”)

Benita.

Es la abuela de mi mujer, y como si fuera la mía también.

Ha muerto a los 92 el 9 de enero de 2017, aunque adivino que seguirá viva, moviéndome cada día. En diez años me ha enseñado muchas cosas.

Una de las más importantes, parte de la inspiración para mi elogio de la mediocridad, tiene que ver con moverse, moverse todo lo que uno pueda, cuando sea y como sea.

La abuela pertenecía a otra generación, una que jamás se había planteado la necesidad de hacer ejercicio. Las prioridades eran otras: trabajar, de sirvienta o de modista como la mayoría de abuelas inmigrantes, y cuidar de su familia. No había más.

Pero al jubilarse y perder a su marido, con todo el tiempo del mundo por delante, le tocó enfrentarse a un gran dilema. ¿Me siento todo el día a ver la televisión y me muero en vida? ¿O me muevo?

Benita no tenía ninguna cultura del movimiento ni educación física, aunque sí era enérgica, inquieta, curiosa y con una fortaleza infinita.

Alrededor de sus ochenta decidió moverse en diversos sentidos y su día a día hasta hace muy poco tiempo, cuando dejó de ver, consistía más o menos en:

  • Dos horas de catalán, informática, meditación, yoga y piscina a la semana. Dos de cada, digo. Nunca había visto tantas ansias por hacer cosas y aprender en alguien tan mayor.
  • Cuentas diarias. Sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, a mano. Ella misma sospechaba que “si no lo usas, lo pierdes”.
  • Lectura diaria, tanto de libros como dejándose llevar por San Google. Investigaba y le gustaba empaparse de conocimiento, sobre todo acerca de anatomía o geografía. “Cuando tengo lumbago son éstas las que me duelen, ¿verdad Rober? Que tengo una hernia en L3-L4…”, me decía con acento extremeño mientras me enseñaba una foto de la columna en su iPad.
  • Escritura de prosa y poesía diaria, primero textos a mano, luego los pasaba a ordenador y después los imprimía, para releerlos cuando quisiera.
  • Dibujo diario, también en el ordenador. Sabía manejar el Paint mucho mejor que cualquiera de nosotros.
  • Ejercicio analítico, por su cuenta y en casa, de manos, hombros, cadera, pies y columna, diario. ¡Sin que ningún entrenador personal le estuviera detrás motivándola o diciéndole lo que tenía que hacer y sin ponerse canciones épicas de fondo!
  • Paseos por el barrio, de mañana y de tarde, diarios, al tiempo que tomar el sol y charlar con las vecinas.
  • Paseos por el inacabable pasillo de su casa, si llovía. Una decena cada vez.
  • Entre una y dos horas de televisión al día, poco más, para ver La ruleta de la fortuna antes de comer y Pasapalabra antes de cenar, o sea, concursos que le mantenían la mente en marcha.

Lo que me ha enseñado acerca del movimiento son básicamente siete cosas:

  1. Nunca es tarde para empezar a moverse (uno). Da lo mismo la edad. Solo hacen falta valentía, decisión y acción.
  2. Nunca es tarde para empezar a moverse (dos). Da lo mismo la condición física. A saber lo trillado que tendría el cuerpo la abuela, con sus artrosis y sus dolores, aquí y allá, y su maltrecho corazón. Pero se movía cada día.
  3. Nunca es tarde para empezar a moverse (y tres). Da lo mismo la condición cultural. La abuela no tenía ni papa de gimnasia o de deporte, nunca la concienciaron ni le enseñaron nada, pero como todo ser humano tenía un cuerpo y un cerebro capaces de experimentar y aprender.
  4. Responsabilidad propia y actitud DIY (do it yourself). Hacía clases de todo tipo y aprovechaba la guía de sus profesores y monitores, pero también investigaba y trabajaba por su cuenta. ¡Esto es fundamental!
  5. Me muevo porque puedo moverme y todo lo que puedo moverme. Sabía que, como el cálculo, si no se movía a diario luego le costaba más moverse y se encontraba peor. Si le dolía la espalda, no se estiraba veinte horas seguidas. Probaba, caminaba, movía la columna. A pesar del dolor de lo que fuera, se movía. Y si algo no lo podía mover, movía otra cosa. ¿He dicho cada día?
  6. Cualquier tipo y nivel de movimiento vale la pena, por muy bajo o mediocre que aparente ser. Evidentemente, ella no iba a aprender a hacer el pino con noventa años, pero era capaz de hacer ejercicios de coordinación de dedos y manos que ya me gustaría ver si algunos de treinta podrían hacerlos.
  7. Si te mueves, morirás mejor. Algún homo binarius saldrá con aquello del abuelo que nunca hizo nada y estaba tan bien o con el que hizo de todo y lo pasó tan mal. Que busque generalizar en el diccionario. Generalizando, si te mueves, morirás mejor. La abuela fue totalmente autónoma hasta hace unos meses, cuando empezó a perder gradualmente la vista, y solo tuvieron que limpiarle el culo en su última semana de vida. ¡Yo aspiro a eso! Sospecho que tuvo algo que ver con su actitud y, sobre todo, su puesta en práctica de todo lo que acabo de describir.

Solo puedo acabar con uno de sus refranes favoritos, de nuevo en referencia a la responsabilidad y la autonomía:

Este burro es mío, en el burro mando yo.

Cuando quiero digo arre, cuando quiero digo so.

Benita, en movimiento:

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