Los 4 miedos del mediocre que no se atreve a empezar a moverse

“El que ha naufragado tiembla incluso ante las olas tranquilas” – Ovidio

Los conozco porque en los últimos años, desde que empecé a dejar ir el fitness para ir abrazando la cultura del movimiento, he tenido que enfrentarme a cada uno de ellos todos los días sin excepción, como buen mediocre, o los he reconocido en las personas que en mayor o menor medida están compartiendo este viaje.

¡Al grano!

1. Miedo corporal

El cuerpo como tal, raso, sin condicionantes culturales o sociales, tiene miedo. Es algo evolutivo, instintivo, intuitivo. Su razón de ser es protegernos. Y agradecidos que debemos estar.

El problema no es el miedo. El problema es que este miedo se modela y se moldea según los estímulos que recibimos, los desafíos cotidianos del entorno en el que vivimos.

Dadas nuestras condiciones hipersensibles y sobreprotectoras, desde bien pequeños cada vez nos exponen o exponemos menos a situaciones de cierto riesgo físico propias del movimiento humano. Esta carencia de estímulo resulta, obviamente, en una falta de adaptación y de desarrollo de herramientas y recursos físicos y mentales para superar los retos y sus miedos.

Bajo estas circunstancias, un mediocre adulto en el que este tipo de miedos se han multiplicado exponencialmente (miedo a las alturas, a invertirse, al vuelo durante un salto, a explorar un rango de movimiento extremo, a moverse en una dirección sin tener referencias visuales, a caer, a golpearse, al contacto físico, etc.) no quiere ni oír hablar de subirse a una barandilla a practicar equilibrios, saltar de piedra en piedra, hacer una vertical o colgarse de unas anillas.

Y no es que él o ella no quieran. Es que su cuerpo no quiere, debido a la enorme distancia que hay entre su espectro de movimiento habitual, generalmente pobre y muy limitado, y las posibilidades de movimiento que realmente tiene o a las que se ve expuesto de forma novedosa o menos frecuente. Este tipo de miedo es muy profundo y activa sus defensas sin que uno se dé cuenta, incluso por mucho que uno mismo razone que aquel desafío no es “tan peligroso”. Los bloqueos corporales (rigidez, descoordinación, falta de fluidez y equilibrio, respiración entrecortada, temblores) florecen ante cualquier exposición.

Es un tipo de miedo que solo tiene una cura: exponerse repetitivamente.

2. Miedo educativo sobreprotector

Sumado a la falta de estímulo, la mayoría de veces con toda la buena intención del mundo –no lo olvidemos–, desde pequeños recibimos constantemente inputs de precaución en cuanto nos vemos expuestos a cualquier tipo de riesgo. Padres, madres, abuelos, abuelas y otros familiares, profesores, amigos, etc. no dejan de repetir una y otra vez “baja de ahí que te vas a abrir la cabeza” y sus derivados de drama mamá/papá –recomiendo el libro Cómo no ser una drama mamá de Amaya Ascunce. “¡Ni chocolate ni chocolata!”.

Para ser conscientes de este tipo de miedo, solo basta con estar atentos a ciertos pensamientos justo cuando se nos presenta alguno de estos “peligros” del movimiento. Si escuchamos, rápidamente aparecerá esa vocecilla con el discurso o frase que más nos ha calado en nuestra infancia.

(Escuchad la voz de mi mujer, puro automatismo, como trata protegerme. Darling, I love you!) Youtube: https://youtu.be/vAy_F-AVtMk?t=25s

3. Miedo educativo descriptivo o de identidad

El mismo entorno que nos sobreprotege, a menudo también nos etiqueta, nos describe. Hoy día ya sabemos que un/a niño/a no es que sea tal o cual, su etiqueta de turno, sino que se convierte en ella con tal de ser aceptado y recibir cariño y aprobación. Todos deberíamos ser más cuidadosos con los adjetivos que utilizamos para describir a los más pequeños.

En el sentido del movimiento, es habitual encontrar casos adultos, especialmente los más mediocres, que en su día fueron etiquetados de torpes, gandules, negados, inútiles, zopencos, incapaces, miedosos, desastres…

Sea como sea, a mayor mediocridad/prudencia/timidez/introversión, las etiquetas suelen ser más duras e incluso traumáticas. Todos hemos sido víctimas de una no-educación física que confunde deporte con movimiento y obediencia con experimentación y aprendizaje. Personalmente, yo mismo sufrí la mala praxis de mi profesor de educación física que durante más de diez años –tuve la mala suerte de tener siempre al mismo– lo mejor que hizo por mí fue recordarme curso tras curso lo patoso y gordito que era, reforzando el mensaje interno “tú no sirves para esto”.

¡Cualquier persona sirve para moverse porque el movimiento es la razón de ser de cualquier ser vivo!

La vida, la salud, el bienestar de cada uno de nosotros dependen directamente de cuánto y cómo nos movamos y nadie, absolutamente nadie debería creerse negado o incompetente en moverse porque consecuentemente evitará y hasta odiará el movimiento –no sirvo, no puedo, no me gusta, no quiero.

Superar este tipo de miedo es un gran reto para cualquiera, ya que representa quitarse de encima un montón de etiquetas que llevan definiendo su identidad durante años. Se trata, literalmente, de un cambio de personalidad.

(En séptimo, al ver que no podía ni sostenerme colgado de la cuerda, mi profe “favorito” me cogió de mis fornidos muslos y me soltó “muchos bocatas de chorizo, ¿eh?”.)

4. Miedo sociocultural

¡Ah! La cultura… Hoy en día un hombre culto es quien ha viajado mucho, tiene algún diploma colgado en la pared o gana siempre al Trivial. Si algún músculo se le ve más de la cuenta, ¿sabe leer?

¡Es nuestra cultura la inculta!

No nos adentraremos en quién y para qué se instauró este modelo de educación, en las últimas décadas basada en la obediencia y fabricante de oficinistas y fabricadores. “Estate quietecito de 9 a 17 haciendo lo que yo te diga. Si lo haces bien, te daré zanahorias, ay, perdona, vacaciones”. El hombre se ha visto reducido a un cerebro con patas que computa datos o manipula mecánicamente. Memorizamos la fecha del “descubrimiento” de América y calculamos derivadas, pero no sabemos reconocer ni gestionar nuestras sensaciones, emociones y sentimientos –que emite todo el cuerpo, ¡no solo el cerebro!– o cómo reaccionar ante una simple lumbalgia, más tarde suplicándole al médico que nos dé “algo” –lectura obligada: La expropiación de la salud de Juan Gérvas.

El resultado no puede ser otro que la incultura del movimiento. Ni conocemos nuestro cuerpo ni sabemos que lo podemos mover y, por tanto, no lo hacemos.

Cansados después de horas de trabajo sentados frente al ordenador “descansamos” sentándonos de nuevo, con los colegas, cervecita en mano, en modo afterworks, o viendo nuestra serie favorita. Nos “locomocionamos” casi siempre propulsados por un motor de combustión –pero no quemamos calorías. Si nos duele algo, lo mejor que se nos ocurre es “no hagas nada”.

Algunos, como mucho, obedecen al modelo escolar –no pienses, no sientas, solo sigue mis instrucciones– incluso fuera del trabajo, y se sientan en una máquina a “mover” una articulación, botan de lado a lado a ritmo de música militarizada o ¿corren?, por decir algo, en modo cardio crónico estrujados junto a otras 10.000 personas. Los académicos ya los clasifican como “sedentarios activos”, que aunque parezca increíble, al final tienen la misma esperanza de vida y nivel de salud que aquellos que no hacen absolutamente nada –hacer ejercicio no es suficiente.

Cómo no, nuestra naturaleza social, de rebaño, nos hace un flaco favor para crear y practicar nuestra cultura del movimiento personal, individual. El miedo a ser excluidos del grupo o no gozar de su aprobación por apostar por otro estilo de vida y escoger movernos a todas horas, en todo momento, ya sea durante sesiones intencionadas –¿entrenamiento?– como integrando el movimiento en lo cotidiano –caminar a todas partes, sentarse en el suelo, estirar casi obsesivamente–, es punzante. El temor a avanzar en soledad nos paraliza. La vergüenza a ser diferentes nos reprime.

Ante esta situación lo mejor es: echarle narices, a pesar de lo que digan los demás, y crear tu propia tribu –afortunadamente ya no somos paleos y nuestras comunidades no se reducen a cien o ciento cincuenta individuos; internet es una maravilla. Nadie ha dicho que sea fácil.

(Puedes ser papá y peculiar, y tirar todos los muebles, y colgar una barra justo en el centro de tu comedor, y seguir en movimiento)

Cómo empezar a moverse sin miedo

Como para tantas otras cosas en la vida, todos los miedos relacionados con liberarse del sedentarismo y la incultura del movimiento que padecemos se reducen a dos componentes, lo que viene de serie, innato, y lo que hemos aprendido, adquirido a lo largo de nuestra vida, algo constanemente influenciado por las estructuras sociales que forman nuestro sistema relacional individual, subjetivo, personal.

¿Cómo empezar a moverse sin miedo?

Es imposible.

Uno no puede moverse sin miedo, como no puede vivir sin miedo, ya sea su origen más físico o más mental, más instintivo o más educativo, cultural o social.

Así que no queda otra que moverse A PESAR del miedo.

Nuestros miedos instintivos pesan millones de años de evolución; no los vamos a cambiar. Si el cuerpo tiene miedo, no hay otra que exponerse gradualmente y con inteligencia a nuevos retos, día a día, entrenándonos a movernos incluso con miedo.

A nivel educativo uno debe comprender que cualquier discurso puede cambiarse. La educación que uno recibe es la que es, con sus pros y sus contras según el contexto, tanto individual como sistémico, y no per se, y sobre todo y ante todo NO es algo inamovible. Lo mismo que uno pudo aprender se puede desaprender. A trabajar internamente, queridos.

Y en lo referente a lo sociocultural, en fin, nuestra naturaleza social nos lo va a poner difícil porque tal vez hasta tengamos que cambiar nuestras relaciones, solo quizás, algo que disparará todas las alarmas, y empezar a rodearnos de personas que quieran moverse como nosotros. ¿Por qué no? Como suele decir un buen amigo mío, “una relación no es una cárcel”.

Sea como sea, más nos vale generar cierta amistad con los miedos. Al fin y al cabo nunca nos vamos a deshacer de ellos; cuanto más lo intentemos más insistirán. Aceptación pura y dura, y caminar hacia donde queremos dirigirnos, sin importar mucho si llegaremos.

Mientras, por otro lado, nuestros miedos pueden enseñarnos tanto… Sobre todo acerca de nosotros mismos.

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