La movilidad se pierde antes de ganarla

“Use it or lose it” – Proverbio móvil

Observa a un niño pequeño y todas sus posibilidades de movimiento.

Desde dentro, las que tiene, las que usa, las que explora, todos los patrones extremadamente diversos, lineales y no lineales, inciertos, caóticos, inclasificables, imprevisibles, con los que juega para conseguir un objetivo que, por cierto, no se ha planteado racionalmente, sino intuitivamente, sin programas, libros sobre ciencias del deporte y la actividad física, Instagram challenges o retos Men’s Health.

Y desde fuera, las que le rodean, las que le invitan a descubrir, curiosear, desde el mismísimo nivel de suelo –o debajo de la alfombra– hasta alturas que doblan o triplican la propia –los papis y las mamis saben que tarde o temprano escalarán a lo más alto de la cajonera.

Todo ello, todo lo que ya trae de serie sumado a todos los desafíos que se le presentan a diario es la combinación perfecta para que se mueva como se puede mover, o incluso más, al perseguir alcanzar esos horizontes que parecen lejanos.

Tiene movilidad. Usa movilidad. Mantiene movilidad –y la gana, al verse expuesto a nuevas posibilidades, nuevos estímulos, como ponerse de pie, trepar, agacharse y alargar el brazo sin necesidad de hincar las rodillas en el suelo.

Bien, empecemos a minar esas posibilidades de movimiento conforme se hace adulto, hasta más o menos tu edad, lector.

Desde dentro, vamos a “educarle”. Con normas, con movimientos “correctos”, con “todos siguiendo el mismo ritmo”, con pruebas, con rutinas y, al final del camino, con deportes y especializaciones tres horas a la semana.

Y desde fuera, vamos a “estimularle”, con carritos, con mesas y sillas, con todo lo manipulable en un rango de altura de entre 50 y 100 centímetros, al alcance de la mano sin ningún tipo de esfuerzo, con “te espero con el todoterreno en la puerta del cole”, con no-movimiento encapsulado dentro de pantallas y mandos a distancia, y, al final del camino, con canchas y líneas que no se pueden sobrepasar, jueces que te examinarán, cánones en los que encajar, gimnasios con máquinas mono-articuladas, coreografías estrictas a copiar vía vídeo o toque de silbato, y esterillas de las que no se puede salir.

Todo ello, todo lo que tenía pero sumado a la falta de estímulo diverso, sistémico, complejo, se esfuma.

Tiene movilidad. No usa movilidad. Pierde movilidad.

Y un día el niño, ya peludo, o tal vez canoso, quizás calvo, se da cuenta de que no puede moverse y pretende ganar, cuando el principal problema no es ganar, sino perder.

La primera gran cuestión a resolver cuando un adulto, mediocre, se plantea ganar movilidad no es cómo ganar movilidad, sino cómo no perder la que tiene, sea la que sea.

El primer gran cambio es preguntarse todos los días: ¿Estoy moviéndome de todas las maneras, en todos los rangos que todavía hoy tengo disponibles? ¿Estoy explorando todas las posibilidades? Y, como un niño, ¿incluso me muevo HACIA esas otras posibilidades que ni tan solo sé que son posibles?

Úsalo y estimúlalo.

O piérdelo.