Movimiento 4: Moverse y conmutarse por piernas

Ya han pasado tres semanas desde que iniciamos el Proyecto Removimiento.

La tercera práctica, “Moverse con frecuencia”, ha llegado a su fin, y espero –de esperanza, porque no lo sé– que hayas impregnado de movimiento tu vida, como mínimo cada 25 minutos. Si es así, dada la naturaleza del catálogo de 22 ejercicios propuestos, debes estar hecho una fiera en eso de mover manos y pies, y todo sin ir al gimnasio. Mi segunda esperanza, egoísta, la que realmente cuenta más allá del movimiento, es que cada vez seamos más los que conectamos con nuestro cuerpo con más frecuencia, aunque sea por unos instantes, muchísimas veces al día, una garantía de conciencia y bienestar, y un futuro, por tercera vez en pocas líneas, esperanzador.

La cuarta práctica, conmutarse “por piernas”, representa el tópico entre los tópicos de todos los consejos que suelen darse respecto a la integración de cierta actividad física en la vida cotidiana.

Aclaro que tomo prestado conmutarse del verbo to commute, que ingleses y americanos suelen utilizar para referirse a los desplazamientos de casa al trabajo y del trabajo a casa. Nosotros ampliaremos el significado, omitiendo lo de “de casa al trabajo”. Es decir, conmutarse querrá decir literalmente trasladarse de un punto A a un punto B, que ya pueden ser nuestro hogar, el trabajo, la escuela, el mercado o donde sea. El matiz es que lo haremos siempre “por piernas”.

Excepción y ejercicio previo

Evidentemente, todos aquellos que vivan a unos cuantos kilómetros de su trabajo imagino que se verán más o menos obligados a utilizar algún modo de transporte que no sean sus patas. El ejercicio sirve igualmente para otras conmutaciones; cada cual que valore sus condicionantes.

De todos modos, sin ánimo de juzgar y mucho menos ofender, aprovecho el momento para recomendar a todos ellos que investiguen acerca del término “relocalización”. Por poner un ejemplo rápido, ¿qué sentido tiene que un informático viva en Sabadell y trabaje en Barcelona y otro informático viva en Barcelona y trabaje en Sabadell? ¿Y qué sentido tiene que ambos se crucen en la autopista o las vías del tren dos veces al día, malgastando tiempo, dinero, energía? ¿Podrían intercambiar sus puestos de trabajo? ¿Qué repercusiones tendría este intercambio en sus vidas? ¿Y en sus movimientos? Esto da para mucho…

Yo mismo lo hice en su momento, cuando todavía tenía abierto mi centro de entrenamiento. Y hace un par de años me he relocalizado todavía más, al tomar la decisión de cerrarlo y trabajar de otra manera, y desde casa. ¿Camino de rosas? Para nada. Hay un precio a pagar, ciertos sacrificios. Pero me muevo más. Y me conmuto SIEMPRE por piernas, ya que el 95% de mi vida ocurre en 4 ó 5 kilómetros a la redonda. Esa fue mi decisión, y no me arrepiento.

En cualquier caso, durante los últimos años conmutarse a pie –o en bicicleta– ha sido una de los primeros cambios que he propuesto a mis clientes y alumnos, incluso antes de apuntarse a un gimnasio o ponerse a hacer flexiones y dominadas en un parque, y la experiencia me ha chivado que la primera resistencia que acostumbra a asomarse es la cuestión tiempo. “No tengo tiempo”. “Tardaré mucho más”. “Tendré que salir antes de casa”. “¿Todavía madrugar más?”.

Todas esas cuestiones suelen durar poco después de realizar un ejercicio de tres pasos bien simple:

1. Cronometrar el tiempo exacto que uno tarda desde que cierra la puerta de casa hasta que entra por la puerta del trabajo, conmutándose en coche, metro, autobús, etc.

2. Cronometrar el tiempo exacto que uno tarda desde que cierra la puerta de casa hasta que entra por la puerta del trabajo, conmutándose caminando o en bicicleta, o mitad y mitad, por ejemplo, si uno goza de un servicio de alquiler de bicicletas como el Bicing de Barcelona.

3. Comparar.

En muchos casos, diría que la mayoría, la sorpresa es contundente, al verificar que la diferencia suele ser mínima, de entre 5 y 15 minutos. Incluso a veces se tarda lo mismo.

Por poner un ejemplo, hace un tiempo realicé el ejercicio yo mismo para ver qué ocurriría si trabajara, como mucha gente de por aquí, en el centro de Barcelona.

Resulta que desde la puerta de mi casa hasta la puerta del Corte Inglés –trabajé allí cuando aún estaba en la universidad– utilizando el metro tardo 22 minutos, en un día normal, con no más de 2 minutos de espera en el andén.

¿Y caminando? 26… 26 minutos.

Las excusas y los matices individuales pueden ser varios y no vamos a entrar en detalle. Ya he dicho que, según mi experiencia, generalmente las diferencias no superan los 15 minutos, algo bastante asequible si además tenemos en cuenta lo siguiente: todo el tiempo que uno pase caminando por la calle a un buen ritmo es tiempo que uno no tiene por qué aburrirse pedaleando en una bicicleta estática, remando sobre suelo seco o caminando en una cinta de hámster. Es decir, tiempo que uno se puede quitar de gimnasio y de vida bajo techo.

En fin, quien quiera que cronometre tiempos. Igual que ocurrió con el diario de sedentarismo, predigo más de una sorpresa.

La propuesta

Así que mi propuesta es sencilla. Caminar, caminar y caminar.

Y, si es necesario porque las distancias son largas –más de 3 ó 4 kilómetros–, intercalar las marchas con tramos en bicicleta o patinete.

Y, si no hay más remedio porque las distancias son considerables, como mínimo acortar los trayectos en coche o transporte público, y darle un poco de coherencia y sentido evolutivo a nuestra forma de locomoción más eficaz, que no es correr –no, borntorunners, no–: caminar.

Lo ideal es realizar el ejercicio lo más estricto posible durante siete días consecutivos. Después de una semanaa, ya cada uno puede sacar sus propias conclusiones y establecer nuevos hábitos dependiendo de su experiencia.

¡Vamos, hombre! Que una semana pasan volando… o caminando.

Resumiendo, mis conclusiones son las siguientes:

· Caminar entre dos y tres horas acumuladas diarias representa un 80% de la coherencia evolutiva física, mucho más que HIITS, métodos naturales y parkours, levantar piedras, hacer la vertical, etc.

· Caminar para conmutarte te ahorra tiempo dedicado específicamente a la actividad física. Es un 2×1. Haces ejercicio aprovechando tus conmutaciones.

· Caminar te obliga a pasar tiempo al aire libre, es decir, a exponerte a aire circulante –aunque esté contaminada, ni mucho menos tanto como la de un vehículo cerrado– y luz solar.

· Caminar le va bien no sólo a tu cuerpo, también a tu cabezota –puedes leer esta entrevista al psiquiatra Fréderic Gros.

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