Cómo practicar la libertad de movimiento (Especial mediocres extraordinarios)

Desde que expongo públicamente lo que hago y cómo me muevo, con mi evidente mediocridad de por medio, de vez en cuando algún illuminati me juzga y me manda un mensaje del estilo “oye Rober, tú que predicas el movimiento libre, no parece que te muevas con mucha libertad en según que rangos de movimiento o realizando esto o aquello, o cuando sales repitiendo ejercicios o secuencias previsibles, y tampoco tienes una fuerza extraordinaria o mucha fluidez en según que habilidades que digamos”.

(De verdad, parece increíble, pero hay personas que invierten su tiempo en internet para minarte de esta manera)

Estos personajes son, precisamente, los que más hondo han caído en el pozo de la cultura de la obediencia, el talento y la excelencia.

Podríamos pensar en la libertad de movimiento desde un punto de vista superficial, claro.

Si demuestras tener mucha fuerza o mucha flexibilidad, o tu repertorio de habilidades es muy amplio, o te defiendes en diversas y distintas disciplinas, tienes más libertad de movimiento, eres más libre.

Mmm… Puede que sí y puede que no. Al fin y al cabo, por lo general, las personas que más se mueven en ese sentido, ya sea en términos de cantidad –rendimiento y deporte– o calidad –danza, circo–, son más esclavas del movimiento que libres de movimiento –y por eso, por ejemplo, tantos profesionales terminan sus carreras con el cuerpo destrozado o hasta el gorro de “moverse”, y acaban abandonándose físicamente.

Sea como sea, a un mediocre extraordinario no le toca valorar esta cuestión.

De hecho, la gracia de nuestra mediocridad y lo extraordinarios que podamos ser no tiene nada que ver con el nivel y las demostraciones de nuestras capacidades y habilidades que tengamos hoy o alcancemos algún día.

Por lo tanto, nuestra libertad de movimiento tampoco.

La libertad de movimiento es un valor

Nuestra condición de mediocridad es invariable. El panorama es:

· O no tenemos ningún talento corporal o lo perdimos hace muchísimos años (por mucho talento que tengas, si no le das de comer termina esfumándose).

· Nuestra educación física fue muy pobre, si es que se le puede llamar educación. El experto afirma: “No puedes moverte sin mi permiso y supervisión”. El mediocre espera instrucciones: “Si no me dicen lo que tengo que hacer no sé qué hacer y, por tanto, no hago nada a no ser que me digan qué hacer, con suerte”.

· Nuestra cultura y entorno son sedentariogénicos. Todo te invita y/o está diseñado para que te muevas lo mínimo posible.

Aún así, podemos hacer algo fuera de lo ordinario, ser extraordinarios.

Podemos optar por experimentar y aprovechar los beneficios de las mismas disciplinas que practica la élite. No es verdad que “mejor no hagas eso” si no lo haces “muy bien” o si “no sirves” para ello. Nos mintieron.

Nuestra actividad física no tiene por qué reducirse al fitness, el entrenamiento “funcional”, los burpees, las carreras populares y los deportes de “nuestra tierra” porque en todas las demás opciones vamos a hacer el ridículo o nunca vamos a alcanzar un alto nivel, y seremos “muy malos”, mediocres.

Podemos hacer gimnasia mediocre y bailar mediocre. Podemos hacer malabres, verticales y parkour mediocre.

Podemos elegir aprender y desarrollar nuestra propia educación física, individual, subjetiva, que va a depender de un montón de factores personales y que nos va a tocar adaptar, otra vez, venga, individualmente.

Podemos educarnos y optar por investigar, probar, conocer y enriquecernos, aunque nunca vayamos a tener el nivel de conocimiento de los que más saben.

Y así ser cada día más autónomos, al contar con más herramientas y recursos, y reaccionando a cada momento según nuestra propias necesidades, sin el permiso o la supervisión de nadie, dueños de nuestro propio cuerpo, o sea, de nosotros mismos.

Podemos responsabilizarnos y comprometernos, y hacer las cosas a conciencia y con conciencia, a propósito y con propósito, aunque nuestra cultura solo insista y espere que sigamos las instrucciones tres horas a la semana, como autómatas, sin plantearnos el cómo, el porqué y el para qué, y el resto nos lo pasemos sentados delante del ordenador, en el coche, tomando cervezas aunque no tengamos sed y devorando series, acompañadas de procesados altos en hidratos de carbono refinados.

No podemos alcanzar la libertad de movimiento. ¿Qué narices es eso?

Podemos ejercer la libertad de movimiento. Escoger entre un buen puñado de alternativas. Dar un paso al frente. Tener iniciativa. Tomar decisiones.

Detectar las posibilidades de movimiento disponibles individualmente, y experimentarlas.

Eso es la libertad de movimiento.

Un estilo. Una dirección. Un valor.

Independiente del nivel o la estética.

Claro, otras cuestiones se cruzan por el camino.

Ya las hemos visto.

Coraje, responsabilidad, perseverancia, conciencia, compromiso, autonomía, educación.

De la mano de todos estos aspectos cualquier mediocre puede practicar la libertad de movimiento, y disfrutarla todos los días, a pesar de sus aparentes limitaciones, reversibles o no.

Esa puede ser nuestra habilidad extraordinaria.