Trabajo duro vs trabajo blando

Es la era de la dureza.

Todo el mundo aboga por el trabajo duro.

Si no trabajas duro, eres una sissy, una nenaza.

Un arma de doble filo.

A veces útil, si se utiliza bien.

Otras arriesgada, hasta peligrosa.

Es una cuestión recurrente que me veo obligado a trabajar en mis cursos.

Conmigo mismo también. En ocasiones soy demasiado duro.

Una mirada, un ángulo, una tendencia cultural, una forma de hacer que provoca dolor, sufrimiento, angustia.

Y, lo peor de todo, que puede resultar en que el resultado de movimiento, de vida, no sea el esperado.

Hablamos de “lo físico”, especialmente de la movilidad, y también de “lo mental”.

Es la era de la dureza porque la tendencia es que busque robustez, fuerza, solidez, incluso una mal interpretada resiliencia.

El trabajo duro y los resultados en dureza son lo que cuenta.

Y se nos olvida algo.

Cualquier atributo o cualidad requiere, por naturaleza, de cierto grado de dualidad.

Y si persigues el idealizado equilibrio, para mí una opción acertada siempre que no se caiga en la jaula, la ilusión del equilibrio perfecto, debes entender que cuanta más dureza pretendas, más blandura vas a necesitar.

Y viceversa.

Moverse, o vivir, es eso.

El tránsito equilibrado entre lo duro y lo blando.

La sincronización y la armonía entre lo contraído y lo relajado.

Eso es lo que permite el movimiento y lo hace fluido, eficiente y eficaz.

Y si no hay blandura, no hay dureza.

Como mucho rigidez.

Y el resultado de la rigidez es la fragilidad.

Cuanto más duro, fuerte, robusto y menos blando, suelto, relajado…

…más frágil, más débil, más propenso a desmoronarte, a romperte por cualquier punto.

Generalmente, aunque parezca contradictorio, justo por el punto más fuerte.

Paradoja: la cadena se rompe por el eslabón más “fuerte”.

Ojo.

Que no estoy hablando solo de “el cuerpo”.

También de la mente.

Una mente que, de seguir esta dura tendencia, relata discursos crueles, despiadados, feroces con nosotros mismos.

La mente y el cuerpo actúan como espejos.

Se reflejan mutuamente.

La exigencia de la dureza tiene sus consecuencias.

Duras consecuencias.

Para moverte (y vivir) bien, mejor, necesitas exigirte tanta dureza como blandura.

Y en cuestiones de movilidad, como decía, esto se percibe todavía más.

En parte gracias a esa rumorología experta que promueve solo el trabajo duro de la movilidad.

El peaje es caro.

Tiempo al tiempo.

Yo prefiero trabajar las dos cosas.

Lo duro y lo blando.

Curiosamente, lo que suele costar más es lo blando.

“¿Esto sirve para algo?”, protesta la mente.

Luego vamos al masajista o al fisio o al chamán para que nos ablande.

“¿Practicas la blandura?” sería una pregunta más adecuada.

Apúntate si te interesa esta óptica y forma de practicar, física y mentalmente.

Aquí: Movilidad Natural

Rober

PD: sin blandura no hay dureza. Al menos dureza útil, que sirva para moverte bien. Solo rigidez, encarcaramiento. Fragilidad y debilidad enmascaradas. Para equilibrar la balanza trabajando en ambas direcciones, ve al enlace.