Qué hice los primeros 13 años de mi carrera laboral

Te cuento esta historia personal no por egocentrismo, sino para que extraigas seguramente una de las mejores lecciones de movimiento.

Quizás la más importante.

La que puede darle sentido a tu práctica de actividad física cuando va a la deriva.

Porque me pasé 13 años haciendo prácticamente esto mismo cada día, cada semana, cada mes.

Machaconamente.

Estoicamente.

Más o menos como lo de hacer burpees uno detrás de otro.

O acumular segundos y minutos y horas haciendo planchas abominables.

*Madre mía a qué punto ha llegado la humanidad…

Verás.

En 2002 empecé a trabajar en gimnasios como técnico de sala de fitness y profesor de Pilates.

En 2004 pasé a ser entrenador personal y seguí con las clases de Pilates “premium”, para grupos reducidos.

Trabajaba al mismo tiempo en un gimnasio gordote de Barcelona, para una empresa farmacéutica todavía más gorda y para particulares.

En 2007 abrí mi propio centro de entrenamiento personal.

En 2017 el negocio iba muy pero que muy bien, pero le regalé mi parte a mi socio.

Llevaba 13 años haciendo lo mismo con mis clientes.

La cosa iba así:

Ellos venían con sus cosas, sus relatos, sus historias.

Y sus deseos y sus expectativas y sus “deberes”.

Quiero esto.

Espero lo otro.

Tengo que no sé qué y no sé cuántos.

Lo de los tengo que era lo más deprimente.

No por ellos, sino por cómo habían llegado a ello –es desastroso el nivel de obligación y “sacrificio” que hemos alcanzado en pro de (aparentemente) salud y tal.

Pero esto es algo que dejamos para otro día.

Centrémonos en los deseos.

Fíjate.

Que no bromeo.

La gran mayoría de esos deseos, aunque tuvieran poco “de movimiento”, eran 100% lícitos y factibles.

Jamás me atrevería a juzgarlos.

Quiero bajar unos kilos.

Quiero ponerme fuerte.

Quiero tonificar.

Quiero aprobar unas oposiciones.

Quiero rallar queso en mi estómago.

Quiero completar una carrera de montaña.

Vete a saber.

100% lícitos –cada uno desea lo que le da la gana.

100% factibles –el cuerpo funciona como funciona y si lo entiendes pues solo necesitas moverte con determinación y consistencia en la dirección deseada, adaptando la cosa a cada cuerpo. Chupao.

¡Peeeeero…..!

¿Qué pasaba en realidad?

Que yo, como “profesional”, debía ser honesto, sensato, sincero, transparente.

Y compartir la verdad.

Una verdad que, ojo, no era “mi verdad”.

Era una verdad que se evidenciaba desde la primera sesión.

Al intentar aprender un ejercicio y moverse.

Esta:

Una cosa pueden ser tus deseos que

  1. Están muy bien.
  2. Podemos abordar en un momento dado.

¡Peeeerooo…!

Otra cosa es que tú, cliente, como ser humano normal, ciudadano de a pie, no tienes ni idea.

Ni idea de cómo se siente, de cómo se percibe, de qué te dice tu cuerpo.

No hay conciencia “de entrada”.

Y, como consecuencia, tampoco control, saber dar órdenes precisas, comunicación “de salida”, moverte de una determinada manera, la que tú quieras.

Especialmente a nivel articular.

Ni puedes (capacidad) ni sabes (habilidad) mover tus articulaciones.

Que, te recuerdo, es dónde ocurre el movimiento –desde un punto de vista mecánico.

En los músculos no.

En las articulaciones, digo.

Entonces…

Tú puedes querer lo que quieras y está bien.

Pero dadas las circunstancias, y más si piensas en el futuro, lo que ahora mismo NECESITAS es otra cosa.

Y justo por eso, y justo así, me pasé 13 años haciendo lo mismo con la enorme mayoría de mis clientes.

Dedicando al menos (¡al menos!) sus tres primeros meses de entrenamiento conmigo a que aprendieran a mover sus articulaciones con conciencia, control e intención, desde lo más analítico a lo más global.

Para, además, mejorar sus patrones y movimientos naturales más básicos, fundamentales gracias al incremento tanto CUANTITATIVO como CUALITATIVO de su movilidad.

Y a partir de ahí, entonces sí, moverse como desearan.

Bueno.

Pues lo cierto es que sigo haciendo lo mismo, porque el panorama es que el que es y las necesidades de la gran mayoría son las que son (por mucho que se deseen otras cosas).

Ahora, de una forma mucho más eficiente y eficaz, y también económica.

Gracias a Internet y sus maravillas.

Aquí: Movilidad Natural.

Rober

PD: no es que los deseos se “deban” posponer. Pero si uno hace primero lo que necesita, luego lo que se desea es mucho más accesible. En el enlace.

(9) Final triste… o alegre

Este es el noveno capítulo del proyecto Cómo moverte con un bebé (o una vida de alta demanda).

Tienes toda la información del proyecto en su página de presentación e índice.

Puedes participar activamente en los comentarios. Consulta las bases del enlace de arriba.


Al final de este último y breve capítulo voy a pedir tu colaboración.

Sobre todo si eres una de las personas que ha pasado por Movilidad Natural en los últimos siete años, concepto y práctica que cimienta y da sustento al resto de la práctica que he descrito en los anteriores 8 capítulos.

Si no me fallan las cuentas, este verano se han cumplido veintiún años de la primera vez que pisé una sala de fitness como monitor.

Fue en un gimnasio municipal de Barcelona, con una sala muy chiquitita. Solo había dos monitores, el de mañanas y el de tardes, Dani y Óscar. Turnaron sus vacaciones, y yo cubrí cada uno de sus turnos.

Cosas de la vida, ahora vivo a escasos cuarenta metros de este centro y soy un usuario más.

Cuenta con una sala bastante más grande, y los monitores y entrenadores, de veintipocos, me miran curiosos y se acercan a preguntarme que qué hago.

A menudo no sé ni por dónde empezar…

Como puedes imaginarte, algo más de dos décadas trabajando con cantidad de cuerpos, y las personas que los acompañan, dan para mucho, especialmente si, vete a saber por qué (no lo tengo muy claro, la verdad, y me da que fue bastante casualidad, que no soy tan listo), cuando un día dejas de mirar y ver al ser humano desde el encabezonamiento instalado a partir de Descartes (Capítulo 1).

Es decir, como «un cerebro con patas, pulmones y corazón», auto-percepción que te decapita y separa al cuerpo de tu ser, reducido a la mente («Pienso, luego existo»), condenándote a tener que «hacer ejercicio» e incluirlo en la lista de deberes pendientes de tu vida.

Miro atrás y siento tristeza.

Las cosas no han cambiado demasiado. Es más, «dentro», en el mundillo profesional, ha ido a peor.

Seguimos atrapados por las redes de la superficialidad.

Y no hablo solamente de esa idea maquinista del cuerpo y sus bisagras y poleas, y las tres motivaciones inventadas por nosotros mismos, el rendimiento, la estética, la salud.

Me refiero a no ir un poco más allá y quedarnos con «lo simple» y «lo que funciona», cuando podríamos indagar más en ciertas cuestiones, escarbar profundo en la naturaleza del movimiento humano.

Al contrario, en general todo se sigue planteando desde la necesidad y la búsqueda del Santo Grial de las ciencias de la actividad física actualmente: la «dosis mínima necesaria de ejercicio físico».

Es como si, en busca de «simplicidad», el movimiento del cuerpo se hubiera visto reducido a un problema que resolver y quitarnos de encima lo más rápido posible.

«Dame la fórmula de básicos para estar en forma y tener buena salud, que tengo muchas otras cosas que hacer».

Tristeza, decía.

Esto, los seres humanos, los que todavía conservan cierto grado de sensibilidad (tomo prestado este término de mi buen amigo Álex), lo pueden intuir.

Saben que lo más simple y sensato sería asumir que esta historia es compleja.

Para nada algo tan sencillo como «camina 10.000 pasos al día, entrena la fuerza tres días a la semana, acumula dos horas y media de cardio en zona 2, y haz estiramientos antes de ir a dormir», y ya está.

Y que puede haber una estrategia más coherente, respetuosa, interesante, nutritiva.

Dejar de verlo como una triste necesidad.

Y disfrutarlo como una alegre posibilidad.

Lo que he descrito durante estos capítulos es justo eso:

Una mirada diferente y una serie de estrategias adaptadas a la alta demanda de «mi» vida, a mi contexto personal.

No se trata ni tan solo de los movimientos, y mucho menos ejercicios.

A mí me coges y me pones a prueba y me comparas con cualquier persona que haga Crossfit o que vaya al gimnasio «en serio» y, en cuestiones de fitness, me da mil patadas.

Pero es que no es eso. No es eso.

¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es el movimiento? ¿Qué los relaciona y une?

¿Cómo vivimos? ¿Cómo nos movemos (por la vida)?

¿Cómo nos pueden ayudar, servir, conectar los movimientos del cuerpo con el movimiento vital?

¿Y cuál es la única manera de responder realmente a estas preguntas?

Hay quien piensa que esto son idas de olla espirituales o japiflagüers, cuando no hay nada más terrenal, material, corporal.

Lo místico, lo surrealista, lo esotérico, de hecho, es pensar que «hacer ejercicio» es necesario y que el cuerpo funciona como una máquina fría, sin alma, que espera instrucciones.

Más cuando puedes moverte como un humano sensible, orgánico, inteligente.

Moverte y dar un salto, dejar atrás la robotización y pobreza motriz que inventamos como parche (y con buenas intenciones, claro), para tratar al cuerpo, tratarNOS de forma más consciente, amable, enérgica, alegre, viva…

¿Movernos mejor?

Así termina este proyecto Cómo moverte con un bebé (o una vida de alta demanda).

Estaría encantado de leer qué te viene a la cabeza y al cuerpo en los comentarios.

Muchas gracias.

Rober

(8) Lo más bonito de esta práctica

Advertencia: si tienes una vida de alta demanda sin hijos, este capítulo seguramente no te interesa tanto…

Este es el octavo capítulo del proyecto Cómo moverte con un bebé (o una vida de alta demanda).

Tienes toda la información del proyecto en su página de presentación e índice.

Puedes participar activamente en los comentarios. Consulta las bases del enlace de arriba.


Nada nuevo bajo el Sol…

En padres y madres, entre otras cosas, en términos de movimiento sobresalen dos preocupaciones:

  1. Cómo narices nos lo montamos para movernos más y mejor, con todo lo que conlleva ser papi o mami (cosa resuelta en los primeros capítulos de este proyecto).
  2. Cómo narices nos lo montamos para que los peques se muevan más y mejor, con todo lo que «cargamos» ya en nuestra vida cotidiana.

Este planteamiento «separado», como todo lo que se separa, como lo de separar el movimiento del resto de nuestra vida (error garrafal derivado del encabezonamiento descrito en el Capítulo 1), ya forma parte del propio problema, de la preocupación no resuelta.

Pero no adelantemos acontecimientos…

PRE-RESPUESTA RÁPIDA

Antes de atacar el tema y hablar de esta parte de mi práctica, la más bonita sin duda alguna, no puedo dejar pasar la oportunidad de comentar algo que he observado desde siempre.

De hecho, es una manera de abordarlo que puedes extrapolar a todos los ámbitos de tu vida, gracias a la implementación de la «vía negativa» popularizada por el ensayista Nassim Taleb.

Y cuanto antes lo hagas y cuanto más peques los pilles, mejor.

Tus criaturas no necesitan ni promoción ni intervención ni instrucción.

Afortunadamente (y evolutivamente) se pueden apañar solitos.

Siempre y cuando apliques esta vía negativa, claro.

El principal problema en el desarrollo de la fisicalidad de los más pequeños hoy en día no es la falta o necesidad de pauta.

Es lo que sobra.

Obstáculos tanto materiales (un entorno hostil para el movimiento, que no lo facilita) como atencionales (todos sabemos de que estamos hablando…) y conductuales (creencias, miedos, proteccionismo).

Si evitas los obstáculos, si los quitas de en medio para que no entorpezcan el movimiento, el 90% de la cosa va sola.

Detéctalos y fuera.

**Y, de hecho, muy a menudo el intervencionismo, el «estímulo» es un obstáculo más, a pesar de que sea con la mejor de las intenciones. Ojo con esto.

DAR EJEMPLO… O NO

Luego, cómo no, están las contradicciones.

Es como lo de gritarle a tu peque «¡No me grites!».

No dejarle el móvil mientras tú te pasas todo el día enganchado.

O soltarle un guantazo mientras le dices «Que sea la última vez que pegas a tu hermana».

Dar ejemplo, ser un ejemplo de movimiento, en movimiento es primordial.

Obvio.

Pero fíjate en una cosa.

Algo en lo que llevo insistiendo desde el primer capítulo.

Estamos hablando de una práctica de movimiento o, si lo quieres llevar un poco más allá, una práctica de vida, que en realidad es lo mismo.

Moverse y vivir, digo.

Si tú no te mueves, a la larga, tus peques tampoco lo van a hacer.

¡Ahora!

Hablamos de contradicciones, paradojas, dar ejemplo…

Dar ejemplo en modo «ejercicio» (no pienses en los ejercicios, quiero decir en la forma convencional de enfocarlo…) conlleva un GRAN problema.

La expectativa.

Ya lo sabemos. Moverse y vivir es lo mismo. Si como movimiento solo te ejercitas, pues así vives. Y «hacer ejercicio» suele apoyarse en expectativas, objetivos, metas, para ques. Para el rendimiento, para la estética, para la salud.

Entonces… Si no das ejemplo por el simple hecho de dar ejemplo (moverse por y para moverse, sin más), es decir, si metes de por medio la expectativa y das ejemplo para intervenir en su movimiento, si das ejemplo para que ellos se muevan más, si das ejemplo centrándote en un deseo futuro ya no «tuyo» (para tu cuerpo, en plan «objetivo»), sino para el cuerpo de otro…

…uff.

Cuánto puedes estar cagándola y cuánto puedes llegar a sufrir.

Cagándola porque no le estarás dando ejemplo de movimiento, sino de ejercicio. El peque no es idiota y, aunque no sea adulto, sabe que hay un para orientado al futuro, cuando su cuerpo (todavía y por suerte) no entiende de movimiento en estos términos temporales. ¿Estás seguro de querer domesticarle en este sentido «cerebral» y que se mueva alejándose cada vez más del ahora corporal?

Y sufrir porque… bueno… es que esto se suele hacer evidente sobre todo en la adolescencia… Esforzarte, intervenir, dar ejemplo concienzudamente, disciplinadamente… y que te salga el tiro por la culata y tus hijos cada vez se muevan menos y luchar y forzar más la situación y pelearte con tus hijos y con la vida y que te salga peor todavía y sufrir más y más y más.

Como en tantos otros ámbitos de la vida, olvidaste que tu criatura (ya no tan criatura) se está convirtiendo en una persona adulta independiente (si le dejas, claro) que tiene todo el derecho de hacer con su vida lo que le dé la p*ta gana.

A menudo me escriben padres y madres preocupados por sus hijos adolescentes en este sentido…

…y se sorprenden de mi respuesta:

No pasa nada. Tú a lo tuyo. Obsérvalo, acéptalo, compréndelo y sigue con tu práctica de movimiento.

¿No se mueven? Está todo bien. No hace falta intervenir. «A partir de mañana vienes conmigo al gimnasio». «Tendrías que moverte más, hacer algo de deporte». «¿Por qué no te apuntas con Pepito a pádel? Te lo pago yo». Los dos lo vais a pasar muy mal.

Puede doler, puede preocupar, puede fastidiar. Esto también está bien. Aceptar no es resignarse ni negar la intuición de un problema a futuro. A la vez, empieza a no ser «tu» problema. Si para ellos algún día resulta en un conflicto, ya se apañarán.

Cuanto más ejemplo les hayas dado sin intención de darles ejemplo, más posibilidades y recursos tendrán en su caja vital de herramientas en el momento de volver a moverse… si un día deciden por sí mismos hacerlo.

Tú a lo tuyo…

LO MÁS BONITO DE ESTA PRÁCTICA

No cambia mucho, en realidad, de lo que hemos visto entre los capítulos 1 y 7.

Siempre es lo mismo… y nunca es lo mismo.

Parar, observar, ver.

Ser consciente en movimiento.

Darse cuenta e incluso aprender de ellos, de cómo se desarrollan (sin «hacer ejercicio», por cierto).

Y DEJAR DE SEPARAR tu movimiento de su movimiento.

(¿Integrar?).

Detectar, por ejemplo, esa «necesidad» de tener tiempo para entrenar y moverte en solitario, cuando puedes hacerlo junto a ellos perfectamente.

Claro, tu cabeza es presa de los objetivos, los resultados, las expectativas, lo que quieres conseguir.

Los peques te molestan, te distraen, te entorpecen, no te dejan «progresar»…

Y no te das cuenta de las barbaridades que llega a elucubrar la mente al respecto.

Y no te das cuenta de que moviéndote, moviéndote sin más, quiero decir, aunque no sea en «perfectas» condiciones, ya estimulas, ya avanzas, ya progresas, ya consigues lo único que realmente necesitas hoy, que es seguir en movimiento.

Y no te das cuenta de que el tiempo pasa, ellos también se mueven (no solo en el sentido «mecánico»), y te lo estás perdiendo.

En definitiva, ejercitarte de forma separada y orientada hacia el futuro sin la presencia de tus hijos no tiene nada que ver con moverte de manera integrada y centrada en el presente con ellos.

Y es, permítanme el romanticismo, algo precioso.

Lo más bonito de esta práctica, la de ahora.

—Ya, Rober, muy Mr.Wonderful. Pero tú mismo dices que te gusta y te va bien y es interesante practicar intencionadamente en solitud.

Por supuesto, y lo hago tanto como puedo. Una cosa no quita la otra. Son maneras absolutamente compatibles.

Lo que estoy diciendo es…:

  1. Que en el 99% de los casos, lo único que necesita un crío es que el movimiento se integre familiarmente en su vida.
  2. Que el movimiento integrado con críos es otra gran práctica de movimiento, una más, que te puede nutrir, de la que se puede aprender, y que se puede disfrutar de la leche.

…siempre y cuando se practique desde la conciencia, la coherencia, el movimiento presente.

Son todo posibilidades.

Pronto termina este proyecto, con el Capítulo 9.

Si tienes cualquier duda que quieras que responda, déjala en los comentarios (según las bases del proyecto, ya sabes).

Notificaré mis respuestas en público y por correo —si quieres estar al tanto, suscríbete a mi lista de correo aquí.

Rober Sánchez

Vida normal extrema

Anexo 7.1 del proyecto Cómo moverte con un bebé (o una vida de alta demanda).

Una jornada de la vida normal de una persona normal suele darse entre dos extremos:

  1. Que no pase nada de nada.
  2. Que sea un desastre total.

La mente errante de una persona normal vive en la ilusión de que hoy sea algo así como el caso 1.

Y reza para que no sea el caso 2.

Lo normal es que prácticamente todos los días sean algo intermedio entre ambos casos.

Pero…

Hoy me ha tocado el 2.

Max me ha reclamado a las 3:45, suuuuuper inquieto.

Estaba muy sudado; aquí hace bastante calor por las noches.

Lo he cambiado y le he dado el biberón, y se ha quedado dormido sobre las 4:30.

Yo, completamente desvelado, tenía algunas ideas revoloteando por la azotea.

Venga, aprovecho y las saco.

Me pongo a escribir y a los diez minutos…

¡¡¡¡Buuuuuuuaaaaaaaahhhhhhh!!!!

Max se despierta.

Se ha cagado y se le ha salido todo por arriba.

Va de mierda hasta mitad de la espalda.

Oooootra vez a cambiarlo, y cuando pasa algo así no es cosa de un par de minutos.

Termino y me pongo a calmarlo, que está más desvelado que yo.

Se duerme a las 5:20.

Las ideas ahí siguen, repicando.

Me siento a escupirlas en el teclado.

Ni cinco minutos y…

Gggggrrrrrñññññiiiii…

Una puerta.

Es Abril.

No son ni las 5:30.

—Cariño, ¿sabes qué hora es? Es muy temprano. Vuelve a la cama, anda.

—Es que no tengo sueño. Tengo hambre.

—Ahora no te voy a dar nada de comer. Aprovecha para hacer un pipi, te metes en la cama y cierras los ojitos.

—¡No! ¡¡No lo voy a hacer!! —replica en modo mocosa rebelde de cinco años.

Uff.

—Bueno, vale, pues estírate en el sofá y te quedas aquí conmigo, si quieres.

—Pero dame algo.

—No, Abril, no vas a comer nada a las 5 de la mañana. Silencio y a descansar.

—¿Y tú?

Tócate los huevos…

—Yo estoy trabajando.

—Pero es muy temprano, ¿no?

Demasiado lista me ha salido…

—Va, quédate ahí y en un ratito, si no te has dormido, te vienes conmigo y el Max a caminar y correr, ¿ok? Tú coges la bici —esto es algo que ya ha pasado más de una vez y suele funcionar.

—Vaaaaleeee.

Continúo.

Y, de nuevo, ni cinco minutos.

Tengo a Abril a mi espalda.

—¡¡Papaaaa!!

No me giro.

—Quééééé…

—La Lula se ha hecho caca.

¡Me giro!

No me jodas…

La perra nunca jamás hace nada en casa a no ser que se encuentre mal.

Debió comer algo chungo por ahí, en el parque.

Diarrea a saco en medio del comedor.

Me dispongo a recoger el merder y…

¡¡¡¡Buuuuuuuaaaaaaaahhhhhhh!!!!

¡¡¡¡Buuuuuuuuuuuuuuuuaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhh!!!!

Max se ha sobresaltado por el grito de Abril, que me avisa gritando todavía más de que Lula está vomitando espuma, mientras yo tengo las manos entre caca deshecha y mucosa intestinal de perra podrida por dentro.

Me quiero pegar un tiro.

¿Hace falta que continúe con el relato?

Porque todavía no son ni las 6 de la mañana…

Me queda por delante, como cada día, un non-stop hasta las 21 de la noche entre desayunos, preparativos, curro, mis prácticas, compras, paseos de la perra, cocinar comida y cena, y encima tengo una reunión con una empresa gorda para implementar unas historias de movimiento.

Bien.

Ya lo ves.

¿Qué tal un baño de hielo? ¿Un ayuno de 24 horas? ¿Cascarme 200 fakin burpees? ¿Que mi entreno sea un EMOM full body? ¿O un AMRAP de dominadas en 20 minutos hasta sacar el hígado por la boca?

Como si mi vida no tuviera suficiente estrés para añadirle más (por mucho que estas «prácticas» me pudieran «desestresar» momentáneamente, y cuando en realidad lo que hacen es añadir más estrés…).

No.

Gracias.

Practico movimiento.

Es otra historia.

Y mi vida ya es suficientemente demandante.

La fatiga (y el estrés) a raya.

Rober Sánchez

PD: hoy me flexibilizo al 200% (Capítulo 6) y tiene pinta de que mi práctica intencionada va a consistir en ablandamientos, sacudidas, movilizaciones, ondulaciones y poco más.

(7) El ingrediente secreto indispensable

Este es el séptimo capítulo del proyecto Cómo moverte con un bebé (o una vida de alta demanda).

Tienes toda la información del proyecto en su página de presentación e índice.

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LÍMITE AUTO-IMPUESTO

Fíjate en dos cosas.

La primera, uno de los grandes objetivos de la propuesta convencional del ejercicio físico y el fitness.

¿Cuál?

Cansarse, fatigarse, exprimirse, terminar hecho polvo (y enaltecer el sacrificio, la «superación», la épica…), «quemar» grasa, moverse (jajajajaja) cerca del fallo muscular para estimular la hipertrofia, «destruir» fibras musculares para construir nuevas y tal.

La segunda:

No sé si lo recordarás de los capítulos anteriores. Es sutil pero CRUCIAL, tanto como para dedicarle un capítulo entero.

En realidad, en mi día a día el primer movimiento de la mañana ocurre en reposo absoluto, en no-movimiento.

Seguidamente, la caminata alternada con carrera la autorregulo por sensaciones y con una barrera clara para no pasar «demasiado» tiempo corriendo y respetar la técnica que compartí en el Capítulo 2.

Las movilizaciones articulares al llegar a casa jamás tienen la pretensión de «ganar» nada a base de demandar un esfuerzo extra.

Y para finalizar la mañana, incluso mi «rutina» de fuerza para mi jubilación diariamente transcurre limitada por una línea roja que nunca sobrepaso. De hecho, describía que me quedo muuuuuy lejos de alcanzarla.

Durante el día a día, el mantenimiento de mi movilidad natural se basa en la integración de movimiento en mis actividades cotidianas, sin «hacer ejercicio» ni tener que sufrir o sudar.

Y, para más inri, mi práctica intencionada, ejecutada mayoritariamente en forma de micro-prácticas de 15-20 minutos incrustadas aquí y allá… Es que en tan poco tiempo es imposible alcanzar el LÍMITE AUTO-IMPUESTO del que hablo.

La barrera, la línea roja, el no «ganar», el no sufrir ni sudar que comentaba.

Pues fíjate en esas dos cosas:

  1. Lo que se suele buscar en la propuesta convencional de «hacer ejercicio»…
  2. …es justo lo que intento evitar a toda costa en mi riquísima y complejísima práctica de movimiento.

Porque es…

EL INGREDIENTE SECRETO INDISPENSABLE

No cansarme.

La fatiga, el cansancio, el ir con la lengua fuera.

En amplísima proporción

  • Caminar y correr sin cansarme.
  • Movilizarme sin cansarme.
  • Generar vigor, «fuerza», siempre y cuando me sienta fresco.
  • Integrar el movimiento en el día a día como si nada, sin provocar un ápice de fatiga.
  • Micro-practicar para nutrir mi Movimiento a base de explorar posibilidades, aprender, desarrollar, explorar, profundizar, refinar movimientos… No «acelerar mi metabolismo», «depletar el glucógeno», «quemar calorías» o «destruir mis glúteos».

Todo eso lejos, muy lejos.

¿Por qué?

Por dos motivos.

MOTIVO 1:

A ver, a ver, a ver…

El contexto, siempre el contexto.

¿Cómo se llama este proyecto?

Cómo moverte con un bebé (o una vida de alta demanda).

O sea, es que esta vida de incertidumbre, biberones, pañales, y además compaginada con una cría de 5 años y las pilas que no se le acaban nunca, el curro y tal, pues es una vida que ya cansa bastante, diría yo.

Como para añadir cansancio.

Mira, no te voy a contar nada nuevo pero sí algo que se pasa demasiado por alto (y que, además, tiene un impacto BRUTAL en el motivo 2).

Si hay algo de lo que peca la mayoría de la gente así a lo grande es de ir todo el día estresada, crónicamente estresada quiero decir.

¿El estrés es «malo»?

Ni bueno ni malo.

El estrés es estrés y, como estímulo, es necesario.

Siempre estrés elevado: chungo (y mucho más cuando no tiene una «salida» física, una expresión de movimiento, aunque esto es más complejo y no lo voy a desarrollar…).

Entonces…

No sabes la cantidad de personas (y quizá seas una de ellas) que se exigen tanto, pero tanto tanto tanto que, además de llevar una vida con bebés y/o de alta demanda, añaden todavía más y más exigencia a base de machacarse, de exprimirse con lo de «hacer ejercicio».

Y como tiene buena fama y es muy necesario y hasta un «deber», se autoconvencen de que es lo que les conviene, que les va muy bien, que les está salvando…

…cuando internamente, corporalmente, les está drenando más y más.

Esto es algo importante a tener en cuenta.

Un buen motivo para replantearse ciertas cuestiones.

Yo, al menos en este momento de mi vida, lo que menos necesito es sumar y multiplicar la exigencia que ya me viene dada de base.

Y no solo eso…

MOTIVO 2

Vida con bebé + cría de 5 + todo lo demás = estrés por un tubo. Absurdo añadir más estrés. Partimos de aquí.

Bien.

En líneas generales, ya sabes desde el primer capítulo que la propuesta de practicar movimiento (en lugar de «hacer ejercicio»), más allá de lo que implica para el cuerpo moderno empobrecido mecánicamente hablando, lo que más estimula es la cabeza.

Pero no la cabeza como cabeza, ojo.

La cabeza como parte integrada en el cuerpo.

Es decir, practicar movimiento (esto está sobre todo detallado en el capítulo 6) representa estar en constante contacto y recontacto con el cuerpo (el vehículo de la conciencia) y explorarlo, investigarlo, alimentarlo, estimularlo.

Si te paras a meditarlo un momento, en definitiva: vivir consciente e intensamente.

Pero no intensamente de la intensidad a la que estamos acostumbrados, la de la cantidad y los números.

Intenso de profundo, de que te lo estás tomando en serio y, para más inri, dadas las circunstancias de nuestra (in)cultura de movimiento, totalmente en contra de la corriente generalizada, en un escenario absolutamente hostil. De momento, si practicas movimiento, te mueves a contracorriente.

Así pues…

…si no lo mimas, si no lo atiendes, si no lo mantienes a raya…

…esto puede cansarte mucho más de lo cansado que quizás, y solo quizás, puedas vivir de base.

Al final, toda esta historia gira en torno a aprender más sobre uno mismo y la vida, adaptarse y transformarse, evolucionar como persona, algo que requiere de una demanda energética diremos que notable.

¡Pero!

¡¡Es que, además…!!

El cuerpo, si te pones en plan «académico», y te diría que el ser, si te mola el rollo místico, APRENDEN, SE ADAPTAN y SE TRANSFORMAN mejor cuando se encuentran DESCANSADOS, en plenas facultades.

*De hecho, si queremos ser más precisos, estos procesos ocurren DURANTE EL DESCANSO, cuando dormimos, y no en el momento preciso del estímulo «que cansa».

Sé que estas últimas líneas han podido quedar algo espesas. Insisto en que esto es un blog, no un proyecto de final de carrera. Se puede releer para seguir auto-indagando. Yo lo hago a menudo.

Así que para no liar la madeja, cerraré con un consejo de «experto» que nadie me ha pedido, un principio que me acompaña todos los días en mi práctica de movimiento por todo lo que he explicado, y tú con él haces lo que quieras:

NO TE CANSES (DE MÁS)

MANTENTE LO MÁS FRESCO POSIBLE

Le sacarás más jugo a tu práctica de movimiento y, además, podrás seguir disfrutando de ella de una manera tolerable y sostenible en el tiempo.

…CON UNA EXCEPCIÓN…

¿Qué excepción?

La excepción de cansarte consciente y deliberadamente… de vez en cuando, esporádicamente.

El cuerpo como cuerpo, como carne, como fisiología tiene sus necesidades.

La necesidad de pasar por ahí, de fatigarse, de estresarse de manera extrema TAMBIÉN.

¿O acaso no hablábamos de movimiento rico, diverso, variable, caótico?

Esta posibilidad también debe cubrirse.

Ahora, dadas las circunstancias que hemos visto, pues eso:

De manera consciente, calculada, moderada (no de moderación, sino de que tú la estás moderando como moderador de tu práctica, y no un dictamen externo de «tienes que hacer un HIIT dos veces por semanas para movilizar tu grasa parda…» y otras bobadas).

¿En mi práctica?, preguntas.

Me canso deliberadamente.

Una vez a la semana, hacia el fin de semana, asegurándome de descansar muy pero que muy bien en las 24 horas posteriores.

Y nada de hiits, hoots, huuts.

¿Cómo lo hago?

Haciendo lo de siempre: practicando movimiento, aunque esta vez más exigente, extenuante, aumentando la intensidad, el volumen, la carga de lo que practique.

Ni que hubiera que estudiar ciencias de la actividad física para saber esto…

Y comparado con toooooooda mi práctica semanal, pues eso… excepcionalmente.

—Rober, pero es que a mí precisamente machacarme me va bien para desconectar del trabajo, desestresarme y eso…

Ya lo sé. Te creo. Y lo entiendo.

No estoy hablando de eso, de «parchear» el estrés solamente mental para ir tirando, para sobrellevarlo.

No es solo el estrés de la cabeza. Es el del cuerpo que, por cierto, arrastra implícito al de la cabeza.

Es decir, puede que te esté funcionando como estrategia para salir de tu cabeza y «desestresarte» temporalmente en este sentido.

También te funcionaría practicar movimiento sin buscar (ni necesitar) la fatiga, la extenuación, el exprimir el cuerpo.

Fíjate, entonces, en que lo más probable es que hayas alcanzado un punto de dependencia en que no sea el movimiento lo que te desestrese, sino que sea la intensidad lo que consiga disimularlo.

Y cuanto más se adapta tu mente a una dosis X, más dosis necesitas… de intensidad.

Cada vez más intensidad y necesidad de machaque para desestresarte mentalmente.

Claro, el cuerpo, por su lado, no tiene una capacidad de adaptación infinita.

Puede estar sirviéndote para la cabeza pero… Dos preguntas:

  1. ¿Cuańto tiempo resistirá el cuerpo?
  2. ¿Qué círculo aparentemente virtuoso pero definitivamente vicioso estás pro-moviendo?

El próximo capítulo, el penúltimo, estará dedicado a la parte más bonita de mi práctica.

Intuyo que también podría serlo de la tuya.

De momento, si tienes cualquier duda que quieras que responda, déjala en los comentarios (según las bases del proyecto).

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Rober Sánchez