4 motivos para prestar atención a tus pies y el milagro barefoot

A estas alturas, la motivación para prestar cierta atención a cualquier parte del cuerpo debería estar más que resuelta.

Además de cabeza, o de intelecto, somos cuerpo. El cuerpo es nuestra casa, nuestro vehículo, nuestro canal de comunicaciones, con nosotros mismos y con el resto del entorno, en especial con nuestros semejantes. El cuerpo somos nosotros mismos, ¡maldita sea! ¿Se necesitan más motivos?

Una de las partes más descuidadas y desatendidas, con sus consecuentes perjuicios, es el pie.

Juanetes, espolones, durezas, dolores varios, mal olor… No deja de ser curioso que nadie se salve de algunos de estos “contratiempos podales”, cuando gran parte de la solución es tan sencilla que podría considerarse milagrosa.

4 motivos para prestar atención a tus pies

Más allá de esa razón evidente para el auto-cuidado –la coherencia evolutiva y el dar sentido al ser lo que es–, puede que algunos necesiten ciertos refuerzos motivacionales para darse cuenta de que tienen pies –he escuchado por ahí que hay gente que entre zapatos y calcetines todavía no lo sabe–, comprender su naturaleza fisiológica y existencial –una reunión nada despreciable de huesos, articulaciones, músculos, tendones, ligamentos, vasos sanguíneos y terminaciones nerviosas con un propósito primordial, el movimiento–, y prestarles la atención que se merecen.

En mi opinión, lo fundamental es concienciarse de estos cuatro puntos:

1. Los pies son nuestra base locomotora. Bueno, siempre que nos movamos por nuestra cuenta, sin uso de motores externos –algo que también habría que replantearse.

En fin, siempre que uno se mueve por sus propios medios, los pies juegan un papel protagonista, tanto en el aspecto propiamente locomotor como en el mantenimiento del equilibrio. Como cualquier sistema vivo y viviente, principalmente por razones económicas, si uno no usa los pies para el propósito a partir del que se originaron y evolucionaron, se atrofian, se “deprimen”, mueren en vida –ahora caigo que lo que le pasa a los pies guarda cierta relación con lo que nos pasa como seres alienados.

2. Los pies son un importante regulador postural cuando estamos de pie o agachados sin apoyar el trasero en el suelo, estáticos o en movimiento.

Nuevamente, que cada vez permanezcamos más tiempo sentados provoca no sólo atrofias, amorfismos y los problemas locomotores ya comentados, sino que, además, de rebote, cuando nos incorporamos el resto del cuerpo debe compensar las carencias estabilizadoras provocadas por tanto desuso y falta de estímulo.

Evidentemente, el cuerpo se queja.

Y desafortunadamente, lo mejor que se nos ocurre es pagar 300€ por unas plantillas –un parche más entre férulas dentales, ibuprofenos y masajitos.

3. Los pies son un gran estimulador del sistema nervioso.

De hecho, la planta de lo pies es una de las partes del cuerpo con mayor concentración de terminaciones nerviosas, el final y el principio de millones de caminos neurales que atravesarán y recorrerán nada más y nada menos que todo el cuerpo, de pies a cabeza, con tal de gestionar y regular las funciones que veíamos, locomotoras, propioceptivas y posturales.

4. Los pies son nuestro punto de contacto con la Tierra o, simbólicamente, con la realidad.

Para algunos podría parecer una razón mística, aunque cuente con cierto respaldo científico –investiguen sobre el término earthing. Yo no voy a entrar en debates, más que nada porque me viene grande y porque creo que no hace ni falta; todo es mucho más simple. Una vez más, la perogrullada de la coherencia evolutiva me parece más que suficiente para entender que durante millones de años el hombre y sus ancestros han vivido descalzos, en constante contacto con el suelo que pisaban, lo que ha dado forma y sentido a los pies tal como son hoy día, así como a los tres puntos anteriores, y que esa pérdida repentina de contacto sensible que ha representado el uso intensivo de calzado es tan incoherente con nuestra herencia fisiológica que tal conducta no puede traernos más que problemas y malestar.

El milagro barefoot

Nota: uso barefoot por ser el anglicismo que se ha puesto de moda para referirse a vivir descalzo.

Se le podría dar muchísimas vueltas al tema. De hecho, por lo que voy viendo, semanalmente se publican estudios científicos con conclusiones varias –no olvidemos que el 90% son basura–, y diría que a diario hay debates abiertos entre médicos, fisios, podólogos, etc., unos a favor y otros en contra, la mayoría según intereses propios, cómo no, en ambos bandos.

Ellos, los expertos, son los encargados de estudiar las profundidades, los matices. Pero por otro lado, como decía en el cuarto punto de “conciencia podal”, como en tantos otros aspectos –nutrición, psicología, etc.–, en líneas generales no creo que sea necesario analizar tanto la cuestión. La huella evolutiva resulta tan evidente… –nótese el comportamiento obsesivo de un bebé por estar descalzo y el berrinche resultante de unos padres toca narices que insisten en volverle a poner los patucos.

Entonces, más allá de esos detallitos a aplicar individualmente, uno se da cuenta de que la salud y el bienestar podal dependen de la aplicación del principio 80/20 (Pareto, no paleto), es decir, que el 20% de las acciones repercuten en un 80% de los beneficios, o lo que es lo mismo, que una mínima intervención ya reporta una enorme ganancia.

Y entonces el milagro ocurre. Te descalzas y todo se auto-regula. Esa es la mínima intervención, y ese es el máximo beneficio.

Neo en plan barefoot: —Me duelen los ojos pies.

Morfeo: —Porque nunca antes los habías usado.

Como es lógico, dependiendo de diversos factores –edad, antecedentes, estado físico–, esa auto-regulación puede ser más o menos confortable, costosa y duradera –hablamos, como mínimo, de meses. Y ahí emerge el otro 20% de la necesidad rehabilitadora que requerirá de un tratamiento y transición individuales, experimentales.

Y también, como es lógico –y van dos–, aquí nadie está hablando de regresar a las cavernas –hablo largo y tendido sobre ello en Método Natural de Ejercicio Físico. La coherencia evolutiva no es incompatible con la coherencia contextual, por lo que no se trata de vivir permanentemente descalzos, sino de encontrar soluciones factibles como por ejemplo:

· El uso de calzado minimalista.

· El “descalcismo” total en entornos conocidos y seguros.

· Y el movimiento intencionado del pie.

Estos tres puntos representarán el trabajo principal de la primera práctica del Proyecto Removimiento: Descalzarse y usar los pies.

 

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