¿Sabemos improvisar, en la vida y en el movimiento?

Como cuando Dani nos hablaba sobre lo mucho que se asemejan las carreras de obstáculos a la propia vida, uno de los aspectos que más me atrae de moverse es cuanto nos puede enseñar acerca de vivir. Siempre lo digo: moverse y vivir es lo mismo.

La incultura del movimiento, nuestra cultura binaria, nos ha empujado a vivir y movernos como máquinas. Siempre planificamos, siempre estructuramos, siempre contamos. Pero, ¿qué pasa cuando las cosas no son como nos gustarían, como esperábamos, siguiendo un patrón más o menos lineal, predecible? ¿Qué ocurre cuando las circunstancias nos obligan a cambiar el curso de nuestras rutinas “ideales”, nuestro día a día perfecto, nuestros trabajos o incluso las vacaciones cuando se retrasa nuestro vuelo? ¿Sabemos adaptarnos o perdemos los nervios, nos desanimamos, lo vemos todo negro, nos bloqueamos o no sabemos qué hacer, alcanzando la parálisis?

No es de extrañar. Nos educaron para obedecer, no sobrepasar los límites y no saltarnos ninguna norma, y no para adaptarnos y tomar decisiones.

Improvisar

A cualquiera que me conozca, si le preguntas por mi manera de ser, una de las primeras cosas que te dirá es que soy un tipo analítico, organizado, estructurado, calculador. Para algunos es una virtud, para otros un defecto. Para mí ni lo uno ni lo otro. Ser así me ha ayudado en muchas cosas y realmente soy bueno en eso, un especialista. El problema para la mayoría de nosotros, con mentes entrenadas computacionalmente, es precisamente la especialización. Este lado de la balanza pesa demasiado. El otro, el de la adaptación a lo incierto, el fluir en el caos, la flexibilidad existencial –qué espiritual me pongo a veces…– lo llevamos un poco mal. Evidentemente, la vida nos va dando tortazos de vez en cuando…

Pero eso está cambiando, gracias al movimiento.

Un buen día, hace casi un par de años, cuando empecé a moverme en vez de hacer ejercicio, conocí a Melissa, artista de circo y danza, y toda la teoría e información que ya había llegado a mí acerca de las infinitas posibilidades que tiene el cuerpo humano más allá del fitness estructurado se pusieron ante mí. Formas inverosímiles, patrones desalineados, secuencias impredecibles, y encima bonito. Podía verlo a menos de un metro, tocarlo, sentirlo. ¿Cómo alguien como yo, sabelotodo del movimiento por más de una década, había estado tan ciego durante tanto tiempo? ¿Hasta dónde llegaba mi ignorancia del movimiento? Y, sobre todo…

¿Cómo narices se movía así de bien sin seguir ningún plan? Ella sabe que me pone de los nervios…

Es algo parecido a lo que ya me había ocurrido un tiempo atrás con Ernest, mi introductor al Parkour, por aquella época en que profundicé todo lo que pude en la Locomoción Natural sin saber que me acabaría empujando hacia algo más grande, infinito, la cultura del movimento. Un chavalín de menos de veinte que se plantaba delante de un par de muros, en crudo y en frío, y me decía “vamos Rober”, se ponía a correr, daba dos saltos sin apenas esforzarse y listos, ya se los había merendado. Mientras, yo, mediocre y ex-obeso, ex-tímido y ex-torpe, calentaba bien cada articulación, calculaba distancias, contaba los pasos, tanteaba el salto y, con un poco de suerte y después de cien intentos, conseguía superar los muros con una pizca de gracia. Solo una pizca.

¿Cómo lo hacían Ernest y sus colegas traceurs? ¿Qué habían hecho para alcanzar tal nivel de anticipación, seguridad, adaptación, todo aquello sobre lo que yo teorizaba en el último capítulo de Método Natural dedicado a los parcours, los recorridos no planificados? Supongo que es algo muy similar a lo que experimentó Georges Hébert hace ya más de cien años, cuando los indígenas mostraban muchísima más agilidad y funcionalidad que sus marines, entrenados.

A pesar de su juventud, Melissa y Ernest en cierto momento de sus vidas se rebelaron, decidieron saltarse las normas, exponerse a lo incierto y expresarse de la mejor forma que cada uno encontró, una bailando y otro saltando.

Improvisaron y se entrenaron en la improvisación.

Improvisar mientras sigues en movimiento

¿Sabemos improvisar? La respuesta es no. Los mediocres no sabemos improvisar. De hecho, alguien ya se encargó durante mucho tiempo de convencernos de que ni debíamos ni éramos aptos para improvisar, o movernos.

¡PERO!

¡Pero podemos aprender!

Aprender y aprovechar un montón de beneficios que ofrece moverse de manera improvisada, para el propio movimiento y para la vida.

Seguir en movimiento aunque no sepas qué viene después, pero sabiendo que irremediablemente viene algo, seguro. ¿Cómo la vida?

Continuar, seguir, dejarte ir, soltarte, fluir, sin fricciones.

El aprendizaje es un proceso que ya explicaré en otra ocasión, y que no se escapa de cierto análisis en primer término, después secuenciación y finalmente la misma improvisación. Un músico sabe de qué hablo. Para un mediocre robotizado, improvisar no es improvisar y ya está.

Hoy solamente quería compartir la primera parte de la historia, y animar a quien tenga la paciencia de leerme hasta el final a observar el movimiento de otra forma o, mejor dicho, sin forma.

A partir de ahí, además de planificar, entrenar y blablabla, atreverse a lanzarse al vacío de lo incierto, jugar, improvisar.

Al fin y al cabo, ¿no sigue siendo movimiento?

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(He aquí mi primera improvisación de suelo de hace un par de meses. Es mediocre, si la comparas con la de un bailarín. Sin embargo, es justo esa mediocridad la que hace que sea todavía más estimulante y me reporte más beneficios)