6 ideas para moverte mejor en invierno

El clima, las horas de luz y los ciclos estacionales nos afectan. Todos lo sabemos.

Claro, si te refieres a un saber puramente racional tal vez no esté todo “demostrado”, y no voy a dar ninguna referencia.

Hablo de otra cosa. Saber es algo más. Es intuir y sentir también. Y esto no tiene nada de esotérico, místico, espiritual.

De hecho, es algo muy terrenal. Cuando he dicho “todos lo sabemos”, no me refería a los seres humanos, sino a los seres vivos. Animales, plantas, hongos y otros bichos. Todos.

Todos sabemos, intuimos, sentimos que el clima, las horas de luz y los ciclos estacionales nos afectan.

Por eso todos cambiamos nuestro comportamiento, sin excepción.

–Un momento, Rober. Aquí te has colado.

Tienes razón.

No, no todos cambian el comportamiento.

Hay un ser que no.

(In)Coherencia estacional

El clima, las horas de luz y los ciclos estacionales nos afectan. Todos lo sabemos.

– Tío, eso ya lo has dicho.

A todos nos afectan.

Todos lo sabemos.

No todos cambiamos nuestro comportamiento.

Nosotros, los más “desarrollados”, no.

Alienados y secuestrados por el asfalto, el reloj y las cadenas de producción, materiales y de información, la mayoría de los ciudadanos de las sociedades más “avanzadas” y opulentas no reaccionamos a los cambios naturales del ambiente, nuestro exterior, ni tampoco a los cambios que ocurren como respuesta en nuestro cuerpo, nuestro interior.

Como si nada ocurriera y como si nada NOS ocurriera, excepto durante el mes los quince días de vacaciones de agosto, la rutina semanal es intocable, invariable.

El ser humano La máquina no para.

El ritmo de actividad del humano moderno es frenético todo el año, algo que naturalmente solo ocurre, por lo general y con todos los matices habidos y por haber, entre mediados de primavera y principios de otoño –en las áreas donde podemos dividir el ciclo anual en cuatro estaciones.

Si te paras a observar, pensar y concluir, ahora sí, saber “del nuestro”, todo tiene sentido. No es difícil comprender o, como mínimo, adivinar los ciclos diarios, estacionales y anuales que se repiten entre luz y oscuridad, frío y calor, reproducción y muerte, abundancia y escasez, humedad y sequía, exuberancia y reposo, o daño y regeneración.

Y no hace falta irse al monte para darse cuenta. Cualquiera que tenga un parque cerca de casa, plantas en el balcón o una mascota puede hacerlo. Existe una sinergia entre los cambios –estímulos– del propio planeta y el comportamiento –respuestas– de los seres que lo habitan.

Sin embargo, aunque percibimos esos cambios y la necesidad emergente de acompañarlos, nosotros los despreciamos y siempre vivimos como si fuera verano.

Y, evidentemente, ahora en invierno es cuando esta incoherencia se acentúa más.

Por un lado podemos sentirnos más cansados, con más sueño. El estado de ánimo y el humor decaen. Puede que los apetitos también cambien, el de comida y el de sexo. Incluso nuestras capacidades de atención, concentración, creatividad.

No es de extrañar. Simbólica, biológica y estacionalmente, el invierno es el momento natural de reposo, de sueño, para recuperarnos de lo que llevamos a cuestas y para prepararnos de cara a lo que se avecina.

Pero por otro lado, nos levantamos y nos acostamos a la misma hora, comemos prácticamente lo mismo y hacemos lo mismo, a un ritmo especialmente intenso e ininterrumpido.

¿De verdad pensamos que no vamos a pagar el precio?

Hoy ya SABEMOS que en mayor o menor medida, más mayor que menor, todas las enfermedades modernas tienen relación con la insuficiencia de sueño, el estrés crónico (no agudo), la falta de exposición a la luz solar, etc.

Nos movemos lo mismo, con incoherencia estacional

(Bueno, algunos no se mueven lo mismo, es decir, nada. Es una incoherencia evolutiva a-estacional.)

Para echar más leña al fuego de estas incoherencias, errores, faltas de respeto a los ritmos naturales, los que nos movemos pretendemos hacerlo igual y al mismo ritmo todo el año, aunque sabemos que en invierno no nos apetece tanto o el cuerpo no está tan predispuesto –¿no has notado que tus articulaciones suelen estar más rígidas en enero que en julio?

Y para avivar más la llama de ese incendio de incoherencias, la (in)cultura del movimiento, del aparentar, de la cantidad, de la épica, del estar siempre en la cresta de la ola, lo que añade no es la leña sistémica y convencional que ya traemos de serie, sino más bien gasolina en forma de HIIT’s, WOD’s, ULTRA’s, EPIC’s, MASTER’s, IRON’s, pim’s, pam’s, pum’s.

No.

Esto no se aguanta por ningún lado. Como casi todo, o casi nada.

O al menos a mí no me da la gana aguantarlo.

Desde hace años, desde aquella una vida sencilla que recordarás si me acompañas desde hace tiempo, progresivamente y con un montón de imperfecciones –sigo aprendiendo– decidí adaptar mi vida, toda mi vida, en busca de coherencia.

De esa búsqueda surgen las ideas que comparto ahora, aquí.

Como siempre, piensa que esto no ocurre de un día para otro, que no tiene por qué ser igual para ti, que los matices personales y contextuales son infinitos, que algunas decisiones también implican ciertos sacrificios, como hacer frente a cierta sensación de desconexión o soledad, que la mayoría de ellas son reversibles, y que, por tanto, todo puede cambiar de nuevo, incluso mi propia opinión.

6 Ideas para moverte vivir mejor en invierno

1. MOVIMIENTO MENOS VIGOROSO

Esta es de Perogrullo. Algo obvio. De sentido (no tan) común.

No es momento para nada muy intenso, metabólico, cardiovascular. Tampoco para mucho volumen, acumulación de esfuerzo.

Trabajo técnico, preciso, al detalle.

Pocas series. Poca carga. Pocas repeticiones.

Un poco de todo, sobre todo poco.

Menos descansar. Descansar más, mucho. Más descanso. Mucho descanso.

Y entre medias malabares, o ejercicios de ritmo, respiración, control motor.

También juegos. Eso siempre. Que pueden ser desafiantes, sí. Pero no en cuanto a intensidad, sino a dificultad.

2. CONSCIENCIA, SENSACIONES, REPARACIÓN

Si haces menos, es una buena oportunidad para escuchar más, sentir más, o llámalocomoquieras más.

En fin, para darte cuenta.

Y si te has movido bastante durante el resto del año, lo más normal es que te des cuenta de que tu cuerpo está cansado, tocado, poco fresco.

El invierno es un buen momento para parar(se) y reparar(se).

Esa reparación incluye esas pequeñas molestias, que no tienen por qué ser lesiones (dolor no implica daño), que llevas arrastrando desde hace tiempo.

Al fin y al cabo, has aprendido que moverse, como vivir, conlleva dolor, con más frecuencia de lo que te gustaría, y daño, a veces.

Pero tampoco es cuestión de estar siempre fastidiado.

Es comprender que doler va a doler, o molestar va a molestar, te muevas o no te muevas. Mejor en movimiento, en vida, ¿no?

También es algo cíclico.

Respeta los ciclos.

3. HORARIOS, EXPOSICIÓN AL SOL Y AL FRÍO

Es muy fácil. Y lógico.

En pleno verano movimiento en los extremos del día, justo después del amanecer y durante el atardecer.

En invierno a mediodía.

Siempre que sea posible, al sol.

Y al frío. Que como estímulo es muy interesante, no solo en lo fisiológico. También y sobre todo para educarte en que eso del frío es algo muy relativo. El frío te curte en la teoría de la relatividad. Como el dolor.

Todo esto me lo ha enseñado Lula, mi perra.

No es necesario leer, ni estudiar, ni escribir, ni demostrar, ni pensar, ni invertir millones en investigar más y más cuando, por otro lado, ya se ha demostrado que servirían más si se destinaran a ayudar de verdad.

Total, no hace falta teorizarlo más.

Hace falta experimentarlo.

4. COMER MENOS CANTIDAD Y CON MENOS FRECUENCIA

Esto es para cogerlo con pinzas.

Por lo general, creo y solo creo que en invierno –y en verano también– la mayoría necesita comer menos y con menos frecuencia. Es algo que me parece evidente.

Sí, esto implica practicar algún tipo de ayuno.

Ahora bien, como todos cometemos ciertas incoherencias y somos humanos, mortales, imperfectos, lo de espaciar más las comidas lo matizaría muchísimo.

De hecho, debido a cierta tendencia binaria, ahora que está de moda parece que ayunar sea la panacea.

Ojo. El ayuno intermitente tiene muchísimos beneficios, pero también se ha sobrevalorado. Es más, habría que practicarlo con cuidado. Porque ayunar es un estresor, y más si no estás habituado. Y si al estrés del ayuno le sumas todo el resto de estrés que llevas en la mochila… El remedio puede ser peor que la enfermedad. Tiempo al tiempo.

Por eso, y por ejemplo, justo ahora yo ayuno menos que en otras épocas del año. Y no porque sea invierno, sino por mi contexto personal este año. No es que viva una vida muy estresante, y con el tiempo he aprendido y sigo aprendiendo a tomarme las cosas con más calma. Pero justo ahora estoy trabajando en algo que requiere de muchísima energía. No voy a estresar a mi cuerpo desde un punto de vista energético. No voy a despistarme con eso.

De nuevo, escucha y respeta los signos. Si ayunas y todo está fantástico, adelante. Pero si estás cansado a las dos horas de levantarte, arrastras la fatiga día tras día, te lesionas con facilidad, la sensación de hambre te produce mucha ansiedad, o pillas resfriados, cagaleras o infecciones cada dos por tres… come, por Dios.

Aún así, sin ninguna duda, la estación “natural” del ayuno es el invierno.

5. DORMIR, DORMIR Y DORMIR

Otra cosa que me ha enseñado Lula. También lo dicen mucho en los documentales de animales.

Es más, re-pensando el punto 3, si escucho y me doy cuenta, collons, en invierno a las 19 estoy KO y, aunque madrugo por causas conyugales, me cuesta mucho más levantarme que el resto del año.

Dormir más en invierno es una necesidad natural y, por tanto, una prioridad.

Experiencia personal. A las 21 luces ténues y silencio. A las 22-22:15 a la cama. A las 6:45-7 arriba. Sí, hasta nueve plácidas horas.

Súmale una siesta de entre media y una hora, cada día.

Y alguna otra cabezadita.

–¿Y todo lo demás?

¿Te refieres a trabajar, ver las noticias, whatsapp, leer, estudiar, quedar con gente, obligaciones, blablablabla…? Sin dormir, no hay nada de todo eso que alcance un mínimo de calidad, my friend. Mejor poco y al 100% que mucho y atontado –o enfermo.

¡Ah! Y lo más importante. Todo esto libre de culpa –lo que nos lleva a la idea fundamental.

6. EXIGENCIA, MEDITACIÓN, SERENIDAD

El clima, las horas de luz y los ciclos estacionales nos afectan. Todos lo sabemos.

–¿Otra vez?

El estilo de vida convencional que llevamos, extremadamente exigente, nos afecta. Todos lo sabemos.

Y no hacemos nada al respecto.

No estoy hablando de cambiar el mundo. El síndrome del salvador moral del mundo y el universo es una trampa muy peligrosa, una misión que me queda muy grande, te queda muy grande, nos queda muy grande.

Solo hablo de una alternativa, o varias, hacia cierta coherencia.

Partiendo de la idea de consciencia, he experimentado que los inviernos son buenos para reflexionar sobre esa hiperexigencia a la que nos someten sometemos, apostar por la práctica deliberada de la serenidad y bajar el ritmo.

Sí, lo sé, es muy fácil decirlo, y también entender estas ideas.

¿Hacerlo?

No, no lo es. Tampoco lo he dicho en ningún momento. Los cambios intencionados casi nunca ocurren de la noche a la mañana, y la presión en masa, social y cultural, es brutal, especialmente a nivel laboral y familiar.

Pero el mayor “enemigo” no está fuera, sino dentro.

Porque si quieres cambiar algo en el sentido que he compartido hoy, la más dura de las batallas va a ocurrir en tu cabeza. O cabezón.

Vas a sentirte solo, a veces juzgado, a menudo exigido.

Y vas a necesitar tener las cosas muy claras, respirar mucho, repetirte como un autómata “tranqui, tranqui, tranqui, todo está bien, no pasa nada, no hace falta más, es suficiente”.

Ejercitar y desarrollar la serenidad.

En invierno.

Y en primavera, verano y otoño.

 

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