Cómo afrontar el aburrimiento del entrenamiento (sobre todo en las movilizaciones, los estiramientos y la movilidad articular)

En este vídeo, ¿me estoy aburriendo? Solo lo sabrás si lees esta entrada entera, de pe a pa…

–Rober, hacer movilizaciones (o estiramientos o ejercicios de movilidad) me aburre, y no las hago.

Ya. A mí también me pasa, hasta cierto punto. Lo del aburrimiento, digo.

No solo en las movilizaciones.

Según el momento o el día, cualquier ejercicio analítico, específico, repetitivo puede parecerme aburrido.

Aún así, las hago.

Todos los días.

· Antes de entrenar, después de entrenar y mientras entreno. O como parte principal de mi práctica –¿por qué una práctica no puede consistir solo en movilizarse?

· Simplemente para lubricarme, cuando me siento entumecido, de no moverme.

· También para reconectar con el presente, cuando me doy cuenta de que se me ha ido la olla.

· Y muchas veces para interrumpir episodios largos de sedentarismo, como movimiento integrado.

De hecho, hay días que solo hago movilizaciones, especialmente los días de descanso.

Aún diría más. Si sumase el tiempo total de las diferentes “categorías” o formas de movimiento que practico –al final todo es moverse–, creo que las movilizaciones ganarían por goleada al trabajo de fuerza o movilidad (más intenso), verticales, malabares, anillas, locomociones, suspensiones, juegos, etc.

Y, aunque antes o durante los primeros minutos de práctica pueden surgir pensamientos de aburrimiento, al poco tiempo se diluyen.

Primero moverse, luego pensar

No lo podemos negar.

Solamente pensar en ejercitarse analítica y repetitivamente, probablemente en soledad, como a la hora de movilizarse, estirar o entrenar la movilidad, puede provocar somnolencia, algún que otro bostezo y, definitivamente, ningunas ganas de hacerlo, así, de primeras.

Tal vez el primer obstáculo a sortear sea precisamente ese, como en tantas otras ocasiones, PENSAR.

No debemos olvidar que la razón tiene una razón de ser: tener razón.

Así que esas voces que te acompañan desde la azotea todo el santo día van a tener como objetivo principal que les prestes atención, siempre, eternamente, y que no te distraigas con otras “tonterías”, sobre todo cuando te van a costar cierto esfuerzo. Al pensamiento cualquier cosa que no sea pensar o sentir un placer inmediato le da una pereza terrible.

Sin embargo, movilizarse es una forma de movimiento y, por naturaleza, movernos nos sienta bien y el resultado de hacerlo es agradable.

Dale suficiente tiempo a la experiencia del movimiento, por muy analítico, repetitivo y aburrido que sea parezca razonablemente, y las sensaciones de bienestar, satisfacción e incluso placer serán inevitables realmente.

Si consigues superar las trampas del pensamiento y esquivas quedarte enmarañado en las redes de su discurso sobre el aburrimiento, la pereza y el “tienes otras cosas mejores que hacer, aunque sea no hacer ni el huevo”, ya habrás ganado la primera gran batalla y, como mínimo, la mitad de la guerra.

Y para eso tienes que moverte primero, y pensar después, o en otro momento.

Cuidado, pensar no es malo, y pensar sobre movimiento puede ayudarte a comprenderlo mejor, conocerte mejor. ¿Acaso ahora mismo no estamos pensando?

Recuerda tus fiestas universitarias. Las mezclas no son buenas. Pensar suele tener el mismo final: pensar más.

O piensa o muévete.

Mejor si te mueves primero.

Dale sentido al aburrimiento

La tendencia binaria, la del todo o nada, te persigue, y es tremendamente fácil y habitual convertirse en un especialista de las movilizaciones, la movilidad, el micromovimiento (con el entrenamiento de la fuerza pasa exactamente lo mismo). De hecho, esta es la principal característica del fitness en estado puro.

Sobre todo cuando nos iniciamos en algo tan específico y concreto como es el trabajo de la movilidad, acostumbramos a confundir una parte con el todo.

Y aquí es justo cuando no deberías olvidar que la movilidad es una parte del movimiento, no todo el movimiento.

Si a tu ejercicio más analítico y repetitivo, “aburrido”, no le das un sentido, no lo traduces en movimiento “de verdad”, es normal que te resulte tedioso y que la mente o el propio cuerpo de alguna forma te interrumpan con mensajes literales o simbólicos parecidos a “¿para qué narices estás haciendo esto tan aburrido?” o “¿por qué me torturas así?”. Mejor ponte una serie, piérdete en las recomendaciones de Instagram o Youtube, o ve a buscar un otro trozo de chocolate.

Si, por el contrario, le das un sentido, una forma de “realizarse”, sobre todo si es algo con lo que disfrutas, esos pensamientos desaparecerán.

A una de mis alumnas, Irene, le encanta el yoga, pero ciertas restricciones que el yoga no puede solventar no le permiten avanzar o, peor aún, a veces la sentencian a practicar con dolor. Su trabajo de movilidad le aburre, pero se ha dado cuenta de que al hacerlo su práctica de yoga fluye, y disfruta mucho más.

A mí mismo también me pasa con todo el trabajo específico de manos y muñecas. A priori no tiene nada de atractivo, y se me hacen cuesta arriba si me paro a pensar en ellos como algo que tengo que hacer por los siglos de los siglos.

Sin embargo, tienen un sentido mayor: prepararme y hacer sostenible mi práctica de verticales y locomociones en el suelo, que me chiflan y nutren realmente mis capacidades de movimiento.

¿Aburrimiento? ¿Dónde estás?

Comprende cuánto la hemos cagado y cuánto lo necesitas

Georges Hébert lo hizo cuando planteó el Método Natural de Educación Fisica al descubrir que los indígenas de las colonias francesas que visitaba disfrutaban de mejor forma física que sus soldados, entrenados.

No podía pretender que sus marines volvieran a desarrollar sus habilidades naturales de movimiento si antes no se rehabilitaban en lo más básico, ciertas capacidades específicas.

De esta conclusión surgió la división entre los ejercicios utilitarios indispensables –correr, saltar, trepar, gatear, etc.– y los ejercicios educativos elementales –analíticos, repetitivos, “aburridos”.

De nuevo, la razón de ser de lo elemental no era en sí tener más fuerza o movilidad, sino moverse mejor.

¿Y en qué la hemos cagado?

Si nos moviéramos más, en frecuencia y en diversidad, y no interrumpiéramos el desarrollo de nuestra fisicalidad desde niños, tanto “aburrimiento” no sería necesario.

Cagarla, equivocarse, siempre requiere de una corrección, si uno pretende hacer las cosas mejor.

Tómate el ejercicio analítico y repetitivo como una reconexión, un re-aprendizaje, o una rehabilitación… necesarias.

Ponte las gafas de lejos

Este truco en plan life hacking lo aprendí del blog Psicosupervivencia, de Marina Díaz, una psicóloga clínica que nada más presentarse te suelta tan tranquila: “En el tiempo que llevo trabajando, he aprendido que la mayoría de la gente no necesita un psicólogo.”. Me encanta. Ojalá todos los psicólogos, médicos, fisios, entrenadores, dietistas, coachs, chamanes, santeros y demás tuvieran ese punto de honestidad y responsabilidad, y sobre todo valor.

Ponerse gafas es una prolongación de las dos ideas anteriores, darle sentido y comprender la necesidad del trabajo “aburrido”. Sea cual sea el caso, la realización o la comprensión, ponerte las gafas de lejos puede ayudarte muchísimo. Porque dado nuestro momento evolutivo, el presente no es lo único sobre lo que podemos ejercer cierta influencia.

Lamentablemente, creo que otra vez debido a nuestra tendencia binaria, el “vive aquí y ahora” y otros eslogans Mr. Wonderful se han llevado demasiado al extremo.

Señores, la evolución nos ha regalado la posibilidad no de predecir exactamente el futuro, pero sí de estimarlo.

En un episodio de serenidad, no de emotividad, cualquier mente humana puede situarse en el plano del largo plazo. Nos cuesta una barbaridad, es cierto. La mente de mono es poderosa. Pero es posible.

Muy bien. Es la hora de hacer tus ejercicios aburridos y no te apetece para nada. Tus gafas de cerca solo te permiten ver eso, el rollo machacante que es hacer 3 series de 10 círculos de cuello por sentido, según tu pensamiento verborreico, perezoso y hedonista.

¡Quítatelas inmediatamente!

Ponte tus gafas de lejos. En realidad estás harto de tener que ir al fisio cada dos por tres, quedarte enganchado y a veces verte obligado a recurrir a analgésicos que, por cierto, te provocan estreñimiento. Tu yo futuro puede ser alguien libre de dolor, medicamentos y visitas “descontracturantes”. Todo pasa por hacer tus ejercicios.

Mario, que ha empezado a moverse conmigo hace poco, es escritor. Sus momentos de máxima creatividad, como el de tantos otros creadores, son sus caminatas. Pero por x motivos sufre dolores en la cadera y la parte baja de la espalda. Doble jodienda: le duele la espalda y sus paseos no son lo suficientemente fluidos, cómodos como para que la creatividad emerja.

Al mismo tiempo, nada habituado a movilizarse, hacerlo analíticamente le aburre a más no poder.

Ponerse las gafas de lejos y visualizar hacia donde se dirige, moverse mejor, le pone manos a la obra. Verse caminando libre de dolor, totalmente inmerso en lo que la imaginación le regale para después disfrutar de su escritura aplasta cualquier pensamiento de aburrimiento.

El futuro es el resultado, en parte, de tus decisiones presentes.

Ponte gafas y muévete.

Y en cuanto empieces a moverte no te olvides de quitártelas, y estar por lo que tienes que estar.

La vida es aburrida

¡Sum sum, sum sum, sum sum sum sum!

¿A qué huelen las nubes?

¡¡A nada, maldita sea!!

Son nubes y ya está. Bien chulas ellas, ya contrasten con el azul intenso de un día medio despejado o como en plena tormenta, y también en un día normalito.

En este sentido, nuestra cultura es penosa –y los publicistas y diseñadores tienen la mayor parte de responsabilidad.

Hemos infestado de adornos nuestra realidad, hasta convertirnos en adictos.

Si no es de colores, olores, sabores, sonidos, texturas, emociones intensas, brillantes, vibrantes, vistosas… no es vida.

¡¿Cómo?!

Ai, fill meu…

La realidad no tiene nada que ver con Juego de Tronos, el Candy Crash o las fotos filtradas de Instagram.

El 99% de todas esas ficciones están más que diseñadas, retocadas, adornadas para llamar tu atención precisamente acentuando, exagerando o directamente transformando la realidad de alguna forma, aplicando trucos que las hacen más atractivas que tu “aburrida” vida. Si no, no llamarían tu atención.

Pero la vida es aburrida… la que es.

Lavarse los dientes es aburrido. Hacer la declaración de la Renta es aburrido. Recoger las caquitas de tu perro es aburrido.

Y lo haces –o tarde o temprano tendrás problemas.

Ante esta situación, tienes dos alternativas:

  1. Huir del aburrimiento. Evadirte. ¿Cómo? Buscando placer inmediato. Información, conexión social, entretenimiento pasivo, sexo, comida, juego… Creo que todos sabemos cuáles son nuestras predilecciones evasivas.
  2. Aceptar lo que hay y, por qué no, aprender de ello e incluso disfrutar de ello.

En esa vida rutinaria, monótona, también están incluidos tus ejercicios de movilidad, por supuesto.

Puede que sí, que sean aburridos. O puede que no.

¡Qué más da!

¿Dónde está el problema?

No hay ninguno.

Lo que hay es una situación en la que…

· Pensamos demasiado.

· Usamos y nos enganchamos a la etiqueta “aburrido”.

· Lo rumiamos de nuevo y nos quedamos paralizados.

· No le damos sentido.

· No lo comprendemos.

· Somos incapaces de visualizar el medio y largo plazo.

· No aceptamos las cosas como son.

Y aún así, a pesar de que moverte analíticamente pueda resultar tremendamente aburrido a priori, en tu mente, después, al hacerlo a conciencia y prestando(te) la atención que merece el momento, descubres que probablemente no haya nada mejor comparado con pasar unos minutos contigo mismo, sintiéndote, conociéndote, moviéndote, algo que de aburrido no tiene nada.

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