8. Ser mediocre es mejor

Buenas noticias.

Parecía que ser mediocre era malo, un defecto, algo a refinar.

Mmm… ¿Y si ser mediocre es mejor?

No moralmente.

Funcionalmente.

¿Y si un cuerpo mediocre funciona mejor, en general?

Por un lado, ser mediocre te libera de toda presión. No tienes que demostrarle nada a nadie, tampoco a ti mismo. Es un juego. Exploras, pruebas, experimentas en la medida que te apetece por pasártelo bien o por desarrollar cualquier aspecto físico por el mero hecho de hacerlo.

Moverte por moverte, vamos.

Y por otro lado, ser mediocre facilita el equilibrio corporal.

Fuerza, flexibilidad, resistencia, velocidad. Trabajas todas las capacidades.

Coordinación, equilibrio, fluidez, análisis, globalidad, agilidad, memoria, creatividad. Desarrollas todas las competencias.

No serás muy bueno en nada.

Pero podrás hacer de todo un poco, aunque sea «solo» medianamente bien.

No está tan mal, creo.

Además, ser mediocre te sitúa de manera perenne en un punto mágico.

Tu cuerpo y tu mente, expuestos constantemente a cosas que NO se les dan bien, se ven estimulados, retados con frecuencia.

Y a más estímulo, más aprendizaje, más adaptación, más frescura, más diversión, interés e inquietud, más capacidad, habilidad, competencia, versatilidad, autonomía.

Más posibilidades.

Más libertad.

Practicar cosas en las que eres mediocre te retorna muchos más beneficios que repetir cosas que ya se te dan bien y en las que, además, te costará muchísimo trabajo mejorar.

Rober Sánchez – M de MovimientoSoy Rober Sánchez, director del Laboratorio de Movimiento, nuestra plataforma de entrenamiento online. Desde 2003 enseño a las personas a entrenar para construir cuerpos móviles, fuertes y hábiles, y poder moverse de verdad.

Accede a los programas gratuitos de bienvenida y empieza a entrenar tu movilidad, tu fuerza y tu habilidad con cabeza. ¡Muévete!

7. El precio de la excelencia

El tiempo lo pone todo en su sitio, dicen.

¿Apuestas por la excelencia en algo?

Está bien y tienes todo el derecho. No eres peor persona por hacerlo. Esto no tiene nada que ver con la moral.

Lo que ocurre es que cuando te centras en ser mejor, excelente solo en una dirección, al mismo tiempo te pierdes un buen puñado de direcciones alternativas y, consecuentemente, empeoras en ellas.

Especificidad pura y dura. Mejoras en lo que haces y empeoras en lo que no haces.

Esto puede acarrear tres problemas:

· Desequilibrio corporal: el cuerpo humano puede moverse en multitud de formas diferentes y probablemente su integridad y bienestar residen en lo balanceadas que estén sus capacidades, competencias, habilidades.

· Lesiones acumulativas: la gran mayoría de lesiones que solemos padecer están relacionadas con el sobreuso, la sobrepráctica reiterativa en un único sentido del movimiento, por muy «bien» que lo hagas.

· Apego: que algo se te dé bien gusta, y más cuando en parte basas lo que haces en la admiración que te muestran los demás, aunque sea inconscientemente. Lo que gusta engancha. Y cuanto más enganchado estás, más difícil es ver lo que está ocurriendo realmente de la forma más objetiva posible, incluidos el desequilibrio corporal y las lesiones acumulativas.

Puede llegar el punto en que buscar la excelencia, que por otro lado jamás llegará, te lleve a un callejón sin salida, físico y mental.

¿Serás capaz de parar?

¿Podrás renunciar a ser bueno en algo?

¿Y si el cuerpo toma las riendas y te para en seco porque no puede más?

¿Cómo te sentirás?

Y, lo más importante, ¿qué harás entonces?

¿Te moverás?

(Ya me dirás cómo, porque si solo te movías en una dirección, en la que has tenido que frenar, o bien pararás del todo o bien tendrás que moverte en las formas que tenías abandonadas y, cómo no, enfrentarte a tu mediocridad).

Rober Sánchez – M de MovimientoSoy Rober Sánchez, director del Laboratorio de Movimiento, nuestra plataforma de entrenamiento online. Desde 2003 enseño a las personas a entrenar para construir cuerpos móviles, fuertes y hábiles, y poder moverse de verdad.

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6. Excelencia vs. mediocridad

Se te mostraron dos caminos:

1. ¿Eres bueno en algo? Exprímelo, mejóralo y busca la excelencia.

Como eres bueno, exponte, muéstraselo y demuéstraselo a los demás, haz que tu práctica de actividad física se base en la aprobación ajena, que tarde o temprano se esfumará. ¿Te seguirás moviendo cuando, inevitablemente, ya no seas tan bueno?

Y ser bueno en algo mola, ¿verdad?

Puedes más, y lo sabes.

Ni se te pase por la cabeza bajar el listón.

Compite. Contra los demás. Y contra ti mismo.

Exígete más, aprieta, todavía puedes hacerlo mejor.

Revienta.

2. ¿Eres mediocre y nada se te da bien? Déjalo. No hace falta que lo intentes más. Escóndete.

Como mucho apúntate al gimnasio y toma de referencia las apariencias y los espejos, haz sentadillas al ritmo de la app de fitness de moda, juega un partidillo los domingos, o participa en carreras populares, sin olvidarte terminar con tu iso-bebida azucarada favorita o unas cervecitas con los colegas.

¿Qué haces?

¿Cómo se te ocurre probar algo diferente?

¿Pero tú te has visto?

Haces el ridículo o, peor aún, me estás agitando el gallinero.

¡Vuelve a la jaula!

Rober Sánchez – M de MovimientoSoy Rober Sánchez, director del Laboratorio de Movimiento, nuestra plataforma de entrenamiento online. Desde 2003 enseño a las personas a entrenar para construir cuerpos móviles, fuertes y hábiles, y poder moverse de verdad.

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5. Mediocridad y (no) educación física

«No me gusta moverme».

Este es el fracaso de la educación física.

Por cada adolescente y más adelante adulto que concluye con que no le gusta moverse, hacer ejercicio, practicar deporte o cómo quieras llamarle, la educación física suma un nuevo fiasco.

Y es lógico.

Esa (no) educación física que hemos recibido es pobre y limitada.

Corre durante doce minutos la máxima distancia posible. Pero, ¿a quién tengo que pillar? ¿Acaso alguien me persigue?

Haz el pino, aunque te dé miedo ponerte bocabajo, no sea que tus brazos no aguanten y te abras la cabeza.

Salta el potro, como si fuera tan fácil para todos.

Memoriza las reglas del balonmano, a pesar de que a ti ni fu ni fa.

Y siempre delante de toda la clase (prepárate para unas cuantas risas cuando algo no salga o se te dé «bien»).

En resumen, esa hora semanal a lo largo de los años se sintetiza en:

· «Haz lo que yo te diga», le encuentres o no sentido o atractivo.

· «Esto es moverse», aunque en realidad solo es una parte muy reducida de lo que puede llegar a ser moverse, y que se limita a obedecer instrucciones, enfocar y valorar la actividad física según tu rendimiento y marcas, y conocer superficialmente algunos deportes.

· «Tú no sirves para moverte; dedícate a otra cosa», el mensaje implícito en las notas de final de trimestre cuando te valoran con un bien o un sufi.

¿Cómo no va a haber las tasas de sedentarismo que tenemos hoy en día?

¿Cómo no va a resultar todo este absurdo en personas que no les gusta o incluso odian el ejercicio?

¿Y si moverse no tiene por qué ser solamente hacer ejercicio o deporte? ¿Puede que hayan otras opciones?

Y tú… ¿Cómo no vas a ser apto para moverte, aunque la calificación que recibas desde fuera, y no desde dentro, sea de mediocre?

¿Tienes un cuerpo? ¡Puedes moverte!

Una buena educación física debería basarse en la conciencia, la responsabilidad, el autoconocimiento, la experimentación, el esfuerzo per se como motor y motivación, la autonomía corporal (o sea, de uno mismo), y no en el rendimiento, el nivel, el resultado o lo que puedas demostrar a los demás.

En este sentido, el primer obstáculo de los educadores físicos es la gran carencia de tiempo dedicado al movimiento y la corporalidad (¿una o dos horas a la semana?). Es evidente.

Pero no es solo una cuestión de cantidad.

No quiero ni imaginarme cómo me habría llegado a sentir si en lugar de una hora a la semana de aquellas «clases de gimnasia» hubiera recibido una al día. ¿Educación física? No. Tortura, física y psicológica.

También es necesario cambiar el contenido y las maneras.

De lo contrario, más horas de lo mismo resultarían en algo peor.

Más aversión, más insatisfacción, más rechazo, pereza, miedo, vergüenza, más refuerzo del mensaje «eres torpe, esto no se te da bien, haz otra cosa».

Y menos conciencia, responsabilidad, compromiso, autonomía. Menos voluntad, menos amor por moverse deliberadamente.

Un lujo demasiado caro, culturalmente, socialmente.

De las matemáticas, la historia o la literatura, a partir de ciertos mínimos, puedes prescindir. ¿O acaso necesitas calcular derivadas, recordar qué día se proclamó la Primera República o recitar los autores de la Generación del 27 para estar sano, sentirte bien, disfrutar de la vida?

Lo más probable es que no, con la excepción de que sea parte de tu profesión.

Pero moverte…

Eso no lo puedes omitir.

Conoces las nefastas consecuencias.

Es indispensable.

Por cada adolescente que termina su educación básica sin desarrollar experimentalmente una forma personal, responsable, sostenible y autónoma de continuar en movimiento para toda su vida (¡no de hacer ejercicio o deporte!), a pesar de su poco talento e inevitable mediocridad, el sedentarismo y todo lo que conlleva se cobra una nueva víctima.

Rober Sánchez – M de MovimientoSoy Rober Sánchez, director del Laboratorio de Movimiento, nuestra plataforma de entrenamiento online. Desde 2003 enseño a las personas a entrenar para construir cuerpos móviles, fuertes y hábiles, y poder moverse de verdad.

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4. Rober Sánchez, mediocre por definición

Ese soy yo.

Y entiendo que cuando ves lo que hago, cómo me muevo, mis trucos chachipirulis puedas pensar que de mediocre no tengo nada.

Pero, como ya hemos visto, esa mediocridad es relativa.

Si tú te comparas conmigo, sí, en esa connotación negativa que le damos a la mediocridad tú eres el mediocre y yo el crack.

Si soy yo el que se compara y, como tú, tomo como referencia a los que se mueven mejor que yo y le sirven de inspiración, evidentemente soy mediocre.

Si lo miramos desde la óptica de la experiencia, mi «mediocridad un poquito menos mediocre que la mediocridad media» se debe únicamente a horas y días y semanas y meses y años de práctica, al menos tantos como los que acumulo desde que alrededor de 2013 decidí dejar atrás una década dedicada al fitness puro y duro, salir de su jaula y apostar por aprender a moverme mejor y de verdad, en lugar de entrenar más y centrarme en las apariencias.

Y, finalmente, si profundizamos en lo personal puedo asegurarte que soy de las personas más mediocres que conocerás.

De niño y adolescente el deporte se me daba fatal, la asignatura de educación física era un suplicio que siempre rondaba el suficiente o, cuando el profe tenía el trimestre generoso, como mucho un bien, mi estructura corporal no es nada favorable para el movimiento, mi programación genética para lo físico es penosa y acumulo una serie de taras corporales que todavía me lo ponen más difícil (deformidad de Haglund en ambos talones, displasia de cadera, meniscos rotos, malformación de una costilla). Un cuadro.

Para colmo, la no-educación física que recibí no hizo más que reforzar mis creencias sobre mi ineptitud, multiplicando mis miedos y barreras mentales respecto a la actividad física.

El resultado al final de mi adolescencia fue un odio extremo en torno a todo lo que tuviera que ver con los conceptos «educación física» o «gimnasia» –y otros conflictos derivados, como una vergüenza exagerada a moverme en público, complejos físicos, compulsión por comer y 106kg de peso, una buena parte de ellos en forma de grasa abdominal (el peor de los sobrepesos en términos de salud).

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