La diferencia entre saber y SABER moverse

Pienso, ¿luego existo?

No.

Me muevo, luego existo.

Somos cuerpo.

No cabeza.

La cabeza es una parte del cuerpo.

Como consecuencia del maquinismo y el racionalismo hemos cometido dos errores de bulto.

El primero, confundir el conocimiento teórico, racional, con el conocimiento real.

Una cosa es saber sobre el papel, la información y las estadísticas, y otra cosa es SABER, desde la experiencia.

Algo que sí SABEMOS es que estamos infoxicados, intoxicados de información. Todos lo hemos sentido, intuido y pensado alguna vez.

Perdidos en la cabeza, estamos perdiendo el cuerpo –o a nosotros mismos.

Nos informamos demasiado, creyendo saber.

No experimento, no practico… luego NO SÉ.

En cuanto a tu fisicalidad, tu cualidad de lo físico, la pregunta del millón es

¿SABES MOVERTE?

No es cuánto sabes moverte –¿ya estabas pensando en tu nivel o tu estado de forma, mediocre?

Es si sabes hacerlo. Punto.


Pronto voy a compartir una serie de 12 TESTS DE MOVIMIENTO.

Si quieres ponerte a prueba, lo mejor es que te suscribas aquí. Es gratis.

No son tests físicos habituales, ni en lo práctico ni en lo teórico.

La mayoría no se parecen a los que te obligaban a hacer en tus clases de educación física, ni a los de tu gimnasio, tu box o tu fit-app favorita.

Tampoco tienen nada que ver con pruebas épicas, demostraciones espectaculares o dónde están tus límites.

Todo eso son bobadas para atontar a rebaños.

Quiero que SEPAS si SABES moverte, si estás preparado, si tu cuerpo responde. Si te conoces, ni mucho ni poco, lo suficiente.

Por cierto, igual que la cabeza es parte del cuerpo, pensar también es parte de moverse.

Y por eso, antes de empezar con el gran TEST, para comprender bien de qué se trata todo esto, te invito a pensar y dedicarle 4 minutos a este vídeo.

Ya lo he compartido otras veces. Me parece tan esclarecedor.

 


Rober Sánchez – M de MovimientoSoy Rober Sánchez, director del Laboratorio de Movimiento, nuestra plataforma de entrenamiento online. Desde 2003 enseño a las personas a entrenar para construir cuerpos móviles, fuertes y hábiles, y poder moverse de verdad.

Accede a los programas gratuitos de bienvenida y empieza a entrenar tu movilidad, tu fuerza y tu habilidad con cabeza. ¡Muévete!

Cómo afrontar el aburrimiento del entrenamiento (sobre todo en las movilizaciones, los estiramientos y la movilidad articular)

En este vídeo, ¿me estoy aburriendo? Solo lo sabrás si lees esta entrada entera, de pe a pa…

–Rober, hacer movilizaciones (o estiramientos o ejercicios de movilidad) me aburre, y no las hago.

Ya. A mí también me pasa, hasta cierto punto. Lo del aburrimiento, digo.

No solo en las movilizaciones.

Según el momento o el día, cualquier ejercicio analítico, específico, repetitivo puede parecerme aburrido.

Aún así, las hago.

Todos los días.

· Antes de entrenar, después de entrenar y mientras entreno. O como parte principal de mi práctica –¿por qué una práctica no puede consistir solo en movilizarse?

· Simplemente para lubricarme, cuando me siento entumecido, de no moverme.

· También para reconectar con el presente, cuando me doy cuenta de que se me ha ido la olla.

· Y muchas veces para interrumpir episodios largos de sedentarismo, como movimiento integrado.

De hecho, hay días que solo hago movilizaciones, especialmente los días de descanso.

Aún diría más. Si sumase el tiempo total de las diferentes «categorías» o formas de movimiento que practico –al final todo es moverse–, creo que las movilizaciones ganarían por goleada al trabajo de fuerza o movilidad (más intenso), verticales, malabares, anillas, locomociones, suspensiones, juegos, etc.

Y, aunque antes o durante los primeros minutos de práctica pueden surgir pensamientos de aburrimiento, al poco tiempo se diluyen.

Primero moverse, luego pensar

No lo podemos negar.

Solamente pensar en ejercitarse analítica y repetitivamente, probablemente en soledad, como a la hora de movilizarse, estirar o entrenar la movilidad, puede provocar somnolencia, algún que otro bostezo y, definitivamente, ningunas ganas de hacerlo, así, de primeras.

Tal vez el primer obstáculo a sortear sea precisamente ese, como en tantas otras ocasiones, PENSAR.

No debemos olvidar que la razón tiene una razón de ser: tener razón.

Así que esas voces que te acompañan desde la azotea todo el santo día van a tener como objetivo principal que les prestes atención, siempre, eternamente, y que no te distraigas con otras «tonterías», sobre todo cuando te van a costar cierto esfuerzo. Al pensamiento cualquier cosa que no sea pensar o sentir un placer inmediato le da una pereza terrible.

Sin embargo, movilizarse es una forma de movimiento y, por naturaleza, movernos nos sienta bien y el resultado de hacerlo es agradable.

Dale suficiente tiempo a la experiencia del movimiento, por muy analítico, repetitivo y aburrido que sea parezca razonablemente, y las sensaciones de bienestar, satisfacción e incluso placer serán inevitables realmente.

Si consigues superar las trampas del pensamiento y esquivas quedarte enmarañado en las redes de su discurso sobre el aburrimiento, la pereza y el «tienes otras cosas mejores que hacer, aunque sea no hacer ni el huevo», ya habrás ganado la primera gran batalla y, como mínimo, la mitad de la guerra.

Y para eso tienes que moverte primero, y pensar después, o en otro momento.

Cuidado, pensar no es malo, y pensar sobre movimiento puede ayudarte a comprenderlo mejor, conocerte mejor. ¿Acaso ahora mismo no estamos pensando?

Recuerda tus fiestas universitarias. Las mezclas no son buenas. Pensar suele tener el mismo final: pensar más.

O piensa o muévete.

Mejor si te mueves primero.

Dale sentido al aburrimiento

La tendencia binaria, la del todo o nada, te persigue, y es tremendamente fácil y habitual convertirse en un especialista de las movilizaciones, la movilidad, el micromovimiento (con el entrenamiento de la fuerza pasa exactamente lo mismo). De hecho, esta es la principal característica del fitness en estado puro.

Sobre todo cuando nos iniciamos en algo tan específico y concreto como es el trabajo de la movilidad, acostumbramos a confundir una parte con el todo.

Y aquí es justo cuando no deberías olvidar que la movilidad es una parte del movimiento, no todo el movimiento.

Si a tu ejercicio más analítico y repetitivo, «aburrido», no le das un sentido, no lo traduces en movimiento «de verdad», es normal que te resulte tedioso y que la mente o el propio cuerpo de alguna forma te interrumpan con mensajes literales o simbólicos parecidos a «¿para qué narices estás haciendo esto tan aburrido?» o «¿por qué me torturas así?». Mejor ponte una serie, piérdete en las recomendaciones de Instagram o Youtube, o ve a buscar un otro trozo de chocolate.

Si, por el contrario, le das un sentido, una forma de «realizarse», sobre todo si es algo con lo que disfrutas, esos pensamientos desaparecerán.

A una de mis alumnas, Irene, le encanta el yoga, pero ciertas restricciones que el yoga no puede solventar no le permiten avanzar o, peor aún, a veces la sentencian a practicar con dolor. Su trabajo de movilidad le aburre, pero se ha dado cuenta de que al hacerlo su práctica de yoga fluye, y disfruta mucho más.

A mí mismo también me pasa con todo el trabajo específico de manos y muñecas. A priori no tiene nada de atractivo, y se me hacen cuesta arriba si me paro a pensar en ellos como algo que tengo que hacer por los siglos de los siglos.

Sin embargo, tienen un sentido mayor: prepararme y hacer sostenible mi práctica de verticales y locomociones en el suelo, que me chiflan y nutren realmente mis capacidades de movimiento.

¿Aburrimiento? ¿Dónde estás?

Comprende cuánto la hemos cagado y cuánto lo necesitas

Georges Hébert lo hizo cuando planteó el Método Natural de Educación Fisica al descubrir que los indígenas de las colonias francesas que visitaba disfrutaban de mejor forma física que sus soldados, entrenados.

No podía pretender que sus marines volvieran a desarrollar sus habilidades naturales de movimiento si antes no se rehabilitaban en lo más básico, ciertas capacidades específicas.

De esta conclusión surgió la división entre los ejercicios utilitarios indispensables –correr, saltar, trepar, gatear, etc.– y los ejercicios educativos elementales –analíticos, repetitivos, «aburridos».

De nuevo, la razón de ser de lo elemental no era en sí tener más fuerza o movilidad, sino moverse mejor.

¿Y en qué la hemos cagado?

Si nos moviéramos más, en frecuencia y en diversidad, y no interrumpiéramos el desarrollo de nuestra fisicalidad desde niños, tanto «aburrimiento» no sería necesario.

Cagarla, equivocarse, siempre requiere de una corrección, si uno pretende hacer las cosas mejor.

Tómate el ejercicio analítico y repetitivo como una reconexión, un re-aprendizaje, o una rehabilitación… necesarias.

Ponte las gafas de lejos

Este truco en plan life hacking lo aprendí del blog Psicosupervivencia, de Marina Díaz, una psicóloga clínica que nada más presentarse te suelta tan tranquila: «En el tiempo que llevo trabajando, he aprendido que la mayoría de la gente no necesita un psicólogo.». Me encanta. Ojalá todos los psicólogos, médicos, fisios, entrenadores, dietistas, coachs, chamanes, santeros y demás tuvieran ese punto de honestidad y responsabilidad, y sobre todo valor.

Ponerse gafas es una prolongación de las dos ideas anteriores, darle sentido y comprender la necesidad del trabajo «aburrido». Sea cual sea el caso, la realización o la comprensión, ponerte las gafas de lejos puede ayudarte muchísimo. Porque dado nuestro momento evolutivo, el presente no es lo único sobre lo que podemos ejercer cierta influencia.

Lamentablemente, creo que otra vez debido a nuestra tendencia binaria, el «vive aquí y ahora» y otros eslogans Mr. Wonderful se han llevado demasiado al extremo.

Señores, la evolución nos ha regalado la posibilidad no de predecir exactamente el futuro, pero sí de estimarlo.

En un episodio de serenidad, no de emotividad, cualquier mente humana puede situarse en el plano del largo plazo. Nos cuesta una barbaridad, es cierto. La mente de mono es poderosa. Pero es posible.

Muy bien. Es la hora de hacer tus ejercicios aburridos y no te apetece para nada. Tus gafas de cerca solo te permiten ver eso, el rollo machacante que es hacer 3 series de 10 círculos de cuello por sentido, según tu pensamiento verborreico, perezoso y hedonista.

¡Quítatelas inmediatamente!

Ponte tus gafas de lejos. En realidad estás harto de tener que ir al fisio cada dos por tres, quedarte enganchado y a veces verte obligado a recurrir a analgésicos que, por cierto, te provocan estreñimiento. Tu yo futuro puede ser alguien libre de dolor, medicamentos y visitas «descontracturantes». Todo pasa por hacer tus ejercicios.

Mario, que ha empezado a moverse conmigo hace poco, es escritor. Sus momentos de máxima creatividad, como el de tantos otros creadores, son sus caminatas. Pero por x motivos sufre dolores en la cadera y la parte baja de la espalda. Doble jodienda: le duele la espalda y sus paseos no son lo suficientemente fluidos, cómodos como para que la creatividad emerja.

Al mismo tiempo, nada habituado a movilizarse, hacerlo analíticamente le aburre a más no poder.

Ponerse las gafas de lejos y visualizar hacia donde se dirige, moverse mejor, le pone manos a la obra. Verse caminando libre de dolor, totalmente inmerso en lo que la imaginación le regale para después disfrutar de su escritura aplasta cualquier pensamiento de aburrimiento.

El futuro es el resultado, en parte, de tus decisiones presentes.

Ponte gafas y muévete.

Y en cuanto empieces a moverte no te olvides de quitártelas, y estar por lo que tienes que estar.

La vida es aburrida

¡Sum sum, sum sum, sum sum sum sum!

¿A qué huelen las nubes?

¡¡A nada, maldita sea!!

Son nubes y ya está. Bien chulas ellas, ya contrasten con el azul intenso de un día medio despejado o como en plena tormenta, y también en un día normalito.

En este sentido, nuestra cultura es penosa –y los publicistas y diseñadores tienen la mayor parte de responsabilidad.

Hemos infestado de adornos nuestra realidad, hasta convertirnos en adictos.

Si no es de colores, olores, sabores, sonidos, texturas, emociones intensas, brillantes, vibrantes, vistosas… no es vida.

¡¿Cómo?!

Ai, fill meu…

La realidad no tiene nada que ver con Juego de Tronos, el Candy Crash o las fotos filtradas de Instagram.

El 99% de todas esas ficciones están más que diseñadas, retocadas, adornadas para llamar tu atención precisamente acentuando, exagerando o directamente transformando la realidad de alguna forma, aplicando trucos que las hacen más atractivas que tu «aburrida» vida. Si no, no llamarían tu atención.

Pero la vida es aburrida… la que es.

Lavarse los dientes es aburrido. Hacer la declaración de la Renta es aburrido. Recoger las caquitas de tu perro es aburrido.

Y lo haces –o tarde o temprano tendrás problemas.

Ante esta situación, tienes dos alternativas:

  1. Huir del aburrimiento. Evadirte. ¿Cómo? Buscando placer inmediato. Información, conexión social, entretenimiento pasivo, sexo, comida, juego… Creo que todos sabemos cuáles son nuestras predilecciones evasivas.
  2. Aceptar lo que hay y, por qué no, aprender de ello e incluso disfrutar de ello.

En esa vida rutinaria, monótona, también están incluidos tus ejercicios de movilidad, por supuesto.

Puede que sí, que sean aburridos. O puede que no.

¡Qué más da!

¿Dónde está el problema?

No hay ninguno.

Lo que hay es una situación en la que…

· Pensamos demasiado.

· Usamos y nos enganchamos a la etiqueta «aburrido».

· Lo rumiamos de nuevo y nos quedamos paralizados.

· No le damos sentido.

· No lo comprendemos.

· Somos incapaces de visualizar el medio y largo plazo.

· No aceptamos las cosas como son.

Y aún así, a pesar de que moverte analíticamente pueda resultar tremendamente aburrido a priori, en tu mente, después, al hacerlo a conciencia y prestando(te) la atención que merece el momento, descubres que probablemente no haya nada mejor comparado con pasar unos minutos contigo mismo, sintiéndote, conociéndote, moviéndote, algo que de aburrido no tiene nada.


Rober Sánchez – M de MovimientoSoy Rober Sánchez, director del Laboratorio de Movimiento, nuestra plataforma de entrenamiento online. Desde 2003 enseño a las personas a entrenar para construir cuerpos móviles, fuertes y hábiles, y poder moverse de verdad.

Accede a los programas gratuitos de bienvenida y empieza a entrenar tu movilidad, tu fuerza y tu habilidad con cabeza. ¡Muévete!

Jornadas de Movimiento 2018

Ya están aquí.

En menos de un mes empezamos. Concretamente el domingo 11 de marzo.

Promovemos y practicamos movimiento.

Ni hacer deporte, ni ejercicio, ni entrenar, ni competir, ni contra uno mismo ni contra nadie.

¡Moverse!

Y para ello Carlos Cátedra y un servidor organizaremos varias jornadas de movimiento entre marzo y julio, un par de veces al mes.

Lo más probable es que las jornadas siempre tengan lugar en domingo por la mañana y al aire libre, en Barcelona, con una duración de 2 horas y media, en horario de 10 a 12:30.

El precio: 20€.

Plazas disponibles: 20.

La temática: el movimiento.

¿Lo había dicho ya?

En general, el contenido de las jornadas será generalista y no se desvelará hasta el mismo inicio de la jornada. El asistente tendrá que adaptarse a la incertidumbre del movimiento, de la vida.

Es posible que, puntualmente, la jornada se dedique a alguna temática específica. En tal caso sí lo anunciaremos con antelación.

Por lo tanto, cualquiera de las jornadas puede consistir en movilizarse, jugar, hacer fuerza, jugar, gatear, jugar, saltar, jugar, bailar, jugar, equilibrarse, jugar, luchar, jugar, respirar, jugar, rodar, jugar, jugar, jugar.

Todo el mundo es bienvenido, independientemente de sus antecedentes, nivel, edad, etc.

El único requisito para asistir: tener un cuerpo.

Cómo enterarse

No publicaré nada más acerca de las Jornadas de Movimiento en este blog.

Por tanto, la única forma de saber cuándo se convocará la próxima jornada es:

· Apuntándote a la lista privada de correo de las Jornadas, escribiendo a robert(punto)sancheze(arroba)gmail(punto)com con el asunto JORNADA DE MOVIMIENTO. Recibirás un correo avisándote de la siguiente jornada con un mínimo de 10 días de antelación.

· Siguiéndome en Instagram o Facebook. Asegúrate de activar las notificaciones para no perderte el evento.

· Siguiendo a Carlos Cátedra en Instagram o Facebook. Asegúrate de activar las notificaciones para no perderte el evento.

Cómo apuntarse

Si quieres venir a una de las jornadas anunciadas, envía un correo electrónico a robert(punto)sancheze(arroba)gmail(punto)com con el asunto JORNADA DE MOVIMIENTO y la fecha de la jornada en cuestión.

Por ejemplo, para la primera jornada, el asunto sería: JORNADA DE MOVIMIENTO 11 de marzo.

Recibirás información sobre cómo reservar tu plaza, el punto de encuentro y otros detalles con la mayor brevedad posible.

 

Ya sabes…

La primera: domingo 11 de marzo

¡Apúntate ya!

 

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Entrena en grupo. Y no permitas que tu entrenamiento dependa del grupo

(En realidad, el título original de esta nota era «Entrena y muévete en grupo. Y no permitas que tu entrenamiento y movimiento dependan del grupo»)

El «joven» que juega conmigo en este vídeo es Álex.

Álex entrena y se mueve conmigo desde hace 13 años.

Sin Álex creo que no habría M de movimiento.

Es más, sin una comunidad no habría movimiento.

La vida es movimiento. El movimiento es vida.

La vida de una persona depende de la vida del resto –nos guste más o menos, según el momento.

No hay una vida completa si no se comparte con otras vidas.

Los humanos somos seres sociales interdependientes.

Nadie es independiente.

La independencia, ya sea individual o colectiva, es una ilusión egocéntrica.

–Si no soy independiente, ¿cómo voy a moverme sin depender del grupo?

Lo más importante de una comunidad no es la comunidad

Una comunidad puede tener diversas capas, formas, número de componentes y relaciones entre ellos.

Por ejemplo, y dadas las circunstancias, mi comunidad de movimiento es bastante compleja –y a veces difícil de gestionar, más cuando uno ha decidido expresamente vivir una vida casi monástica; eso lo explicaré otro día.

Las personas que suelen moverse conmigo casi a diario pueden contarse con los dedos de una mano, y es mejor así –más tarde se entenderá. Pero mis alumnos privados y los que participan en mis clases con regularidad también forman parte de mi comunidad habitual.

Alrededor de estas capas más cercanas al núcleo, también hay otras, no menos importantes, sino diferentes, compuesta por todas aquellas personas que han compartido parte de su movimiento en algún momento conmigo y de las que ha surgido, por afinidad o los motivos que sean, cierta relación de amistad, a pesar de que la distancia no nos permita movernos juntos tan a menudo –algo muy bonito que me ha ocurrido estos últimos años gracias a este movimiento es hacer amigos de otras partes del país y del extranjero.

Y, cómo no, las personas que han asistido puntualmente a alguno de mis cursos o los lectores de este blog también forman parte de mi comunidad de movimiento.

Cualquiera que en mayor o menor medida comparta algo de mi vida en movimiento, incluso virtualmente, es parte de mi comunidad.

Sea como sea, lo más importante no es el tamaño o la complejidad de una comunidad, en este caso de movimiento, sino:

  1. Que haya una comunidad. Dos personas ya forman una comunidad.
  2. Que el núcleo sepa moverse dentro de la comunidad, con la comunidad y sin la comunidad.

Porque cuando pensamos en un grupo humano, un colectivo, con demasiada frecuencia nos olvidamos de que siempre está formado por la unión de diferentes núcleos, átomos, unidades personales, individuos, y que el funcionamiento del grupo no se basa principalmente en las relaciones que co-existen dentro del grupo.

La relación más importante que ocurre en un grupo es la relación que cada individuo que lo forma tiene consigo mismo.

El resto deriva de esta relación primaria.

Entrenamiento en grupo vs entrenamiento en solitario

Tal vez todo parte de esa distinción que surgía intuitivamente en el título original. «Entrena y muévete en grupo».

Nos gusta catalogar. Me gusta catalogar. Le da orden a las cosas y ayuda a comprenderlas. Aunque sea una ilusión. Como la independencia.

Pero sí, para mí entrenar y moverme son cosas distintas, a pesar de que la primera esté incluida en la segunda.

Cuando entreno lo hago con un propósito muy concreto, específico, analítico. De hecho, ahora que lo pienso, el entrenamiento es ese momento en el que me preparo para algo mayor, o sea, son todos esos ejercicios que practico de forma especialmente intencionada para mejorar –o mantener– alguna cualidad en concreto, como la fuerza, la movilidad o un patrón determinado a nivel de habilidad que requiere de mucha concentración.

Concreción, concentración…

No. No es eso. Porque también hay veces que entreno la fuerza, la movilidad o una habilidad en concreto, y en grupo, y si pretendo hacer las cosas bien, debo concentrarme de todas formas.

Individualidad…

Es eso. Otra vez el gran olvidado. Porque no es lo que se hace, sino quién lo hace y todo lo que implica –cuándo, cuánto, cómo, por qué, para qué.

Hay cosas, cualquiera que sea su categoría, que requieren de individualización.

Ahora mismo mi habilidad en las verticales quizá me permite montar alguna en grupo, aunque cierta sensación de presión hace que me salgan peor. Por otro lado, cuando entreno para el olímpico necesito silencio, aislamiento, atención. Un grupo, a no ser alguien muy cercano que comprende profundamente la situación, interfiere, molesta, no me ayuda para nada. En ese momento no quiero a nadie a mi alrededor.

Lo he observado cuando he acudido a alguna clase de yoga. «Hoy toca la secuencia yogui flou japi flagüer». Y 15 borregos (me incluyo) transitamos como podemos, a saco, entre prayamalacasana y ubicamitobrana versión número 2, a las órdenes de la «profe», sin escuchar el cuerpo, entender realmente qué está pasando, cómo te mueves, qué sientes, ¿respiras? «Lo importante» es no perder el hilo de la serie.

Tampoco me imagino a mi compi Lorenzo dando clase de halterofilia en Wods a 20 personas a la vez. Tiene a 6 y seguro que algo se le escapa. Con lo técnica que es la halterofilia. ¿Cómo lo hacen en esos box donde 40 personas están levantando hierro a destajo todos a la vez, con la música a todo trapo? ¿Saben lo que están haciendo?

Sentir, escuchar, entender, saber… ¡Aprender!

Ahora sí. Es justo eso.

Es muy difícil aprender algo concreto, que requiera de concentración y adaptación individual. Todavía lo es más si se hace en grupo.

Pero aprender en grupo también es interesante. De hecho, si no compartes aquello para lo que has entrenado en un grupo, ¿qué sentido tiene?

Al fin y al cabo, una de las principales finalidades del movimiento es vivir bien, o mejor, y la vida es en grupo.

Es más, hay cosas que solo se pueden desarrollar, aprender en grupo.

¡Maldita sea! Menudo lío…

Moverse en grupo vs moverse en solitario

Todo se resume en una idea: moverse en grupo, interactuando con un compañero o varios al mismo tiempo, te obliga a adaptarte a situaciones inciertas, generando un estímulo que jamás podrá alcanzar el movimiento en solitario.

¿Acaso la vida no es interacción y adaptación a la incertidumbre?

Cualquier deporte colectivo es un buen ejemplo. También cuando dos deportistas individuales compiten entre sí.

De todas maneras, para mí el deporte competitivo no es el mejor ejemplo.

Lo son los juegos que no tienen por qué ser ni deportes ni competitivos, ni contra otros ni contra un mismo (eslogan motivacional facilón).

Los top en esto y los que lo explican mejor son Linda Kapitanea y Jozef Frucek, los fundadores de Fighting Monkey.

Si has visto el vídeo, no hay mucho más que añadir.

Bueno, sí.

Puedes moverte en solitario. Interactuar contigo mismo. O con un objeto. Y generar incertidumbre, y adaptarte.

No tanto como en grupo.

Pero puedes.

Y debes.

Moverse en grupo es más divertido… y débil

Seguramente esta es la mejor prueba de nuestro instinto inherente a la socialización.

Somos seres imitadores. Copiamos lo que vemos.

¿Por qué? Por miedo. Desde un punto de vista evolutivo, intuimos que quedarnos fuera del grupo es peligroso. Por eso, por lo general, actuamos en masa, como un rebaño.

Como no hay blancos ni negros, esto tiene sus pros y sus contras.

Pro más evidente. En grupo, moverse es más fácil. O divertido. La pereza parece esfumarse. No hace falta pensar, solo seguir al rebaño u obedecer al líder.

Contras consecuentes:

  1. El individuo es muy influenciable, manipulable por el grupo. Cuanto mayor es el grupo, más difícil resistirse a no seguirlo, a pesar de no tener ni idea de cuál es el propósito de la actividad o conducta grupal, o la intención del líder. De ahí el caso de las clases grupales, al tuntún, sin conciencia, sin sentido. O los eventos deportivos multitudinarios. El grupo tiene su tirada, te contagia su empuje, aunque no tengas ni idea de lo que estás haciendo, por qué, para qué.
  2. Si no hay grupo, ¿te mueves? Porque no solo se trata de comprender qué estás haciendo o si eso encaja con tus valores o propósitos, sino de tener la suficiente fortaleza individual para seguirlos, respetarlos, actuar a pesar de la soledad, incluso pasando por desobedecer las órdenes intrínsecas del comportamiento grupal.

Este vídeo experimental de 3′ lo resume exquisítamente. Es triste y divertido al mismo tiempo.

No podemos ni imaginarnos el nivel de condicionamiento social que impregna nuestras vidas –y tampoco cómo le llegan a sacar partido las marcas y las industrias, incluidas la del fitness y el bienestar.

Most people are sheep. La mayoría somos ovejas.

 

La (in)dependencia de tu movimiento

Si has tenido la santa paciencia de llegar hoy hasta aquí, habrás comprobado que este es un tema muy complejo y las conclusiones siempre terminan siendo difusas, matizables, relativas.

¡Aaaahhhh! Un enfoque binario en este tema lo tiene crudo.

Después de tanto lío, de estos pensamientos aleatorios en voz alta, solo tengo claras tres cosillas.

Primero, cada persona, cada momento, cada entrenamiento y cada movimiento tienen su qué, individual y colectivamente. Ambos se complementan y se enriquecen el uno del otro, el uno al otro.

Segundo, la independencia del grupo es imposible, y no tiene sentido.

Te guste o no, consciente o inconscientemente, ya sea un grupo más grande o más pequeño, o tú más o menos egocéntrico, siempre estás comportándote respecto a un grupo que puedas tener como referencia.

Y tercero, y sin embargo, puntual y razonablemente no creo que sea bueno, sino muy bueno que una persona sepa moverse sola y se mueva sola.

· A veces lo que estés practicando lo requerirá, especialmente en procesos de aprendizaje técnico.

· Te ayuda a conocerte mejor, a (re)ubicarte, a tomar decisiones, etc.

· Dice mucho de tu fortaleza, determinación, voluntad, compromiso, responsabilidad, y te entrenas y te mueves en desarrollar estos aspectos.

Al final, como siempre, lo primordial, sea como sea, MUÉVETE.


Rober Sánchez – M de MovimientoSoy Rober Sánchez, director del Laboratorio de Movimiento, nuestra plataforma de entrenamiento online. Desde 2003 enseño a las personas a entrenar para construir cuerpos móviles, fuertes y hábiles, y poder moverse de verdad.

Accede a los programas gratuitos de bienvenida y empieza a entrenar tu movilidad, tu fuerza y tu habilidad con cabeza. ¡Muévete!

6 ideas para moverte mejor en invierno

El clima, las horas de luz y los ciclos estacionales nos afectan. Todos lo sabemos.

Claro, si te refieres a un saber puramente racional tal vez no esté todo «demostrado», y no voy a dar ninguna referencia.

Hablo de otra cosa. Saber es algo más. Es intuir y sentir también. Y esto no tiene nada de esotérico, místico, espiritual.

De hecho, es algo muy terrenal. Cuando he dicho «todos lo sabemos», no me refería a los seres humanos, sino a los seres vivos. Animales, plantas, hongos y otros bichos. Todos.

Todos sabemos, intuimos, sentimos que el clima, las horas de luz y los ciclos estacionales nos afectan.

Por eso todos cambiamos nuestro comportamiento, sin excepción.

–Un momento, Rober. Aquí te has colado.

Tienes razón.

No, no todos cambian el comportamiento.

Hay un ser que no.

(In)Coherencia estacional

El clima, las horas de luz y los ciclos estacionales nos afectan. Todos lo sabemos.

– Tío, eso ya lo has dicho.

A todos nos afectan.

Todos lo sabemos.

No todos cambiamos nuestro comportamiento.

Nosotros, los más «desarrollados», no.

Alienados y secuestrados por el asfalto, el reloj y las cadenas de producción, materiales y de información, la mayoría de los ciudadanos de las sociedades más «avanzadas» y opulentas no reaccionamos a los cambios naturales del ambiente, nuestro exterior, ni tampoco a los cambios que ocurren como respuesta en nuestro cuerpo, nuestro interior.

Como si nada ocurriera y como si nada NOS ocurriera, excepto durante el mes los quince días de vacaciones de agosto, la rutina semanal es intocable, invariable.

El ser humano La máquina no para.

El ritmo de actividad del humano moderno es frenético todo el año, algo que naturalmente solo ocurre, por lo general y con todos los matices habidos y por haber, entre mediados de primavera y principios de otoño –en las áreas donde podemos dividir el ciclo anual en cuatro estaciones.

Si te paras a observar, pensar y concluir, ahora sí, saber «del nuestro», todo tiene sentido. No es difícil comprender o, como mínimo, adivinar los ciclos diarios, estacionales y anuales que se repiten entre luz y oscuridad, frío y calor, reproducción y muerte, abundancia y escasez, humedad y sequía, exuberancia y reposo, o daño y regeneración.

Y no hace falta irse al monte para darse cuenta. Cualquiera que tenga un parque cerca de casa, plantas en el balcón o una mascota puede hacerlo. Existe una sinergia entre los cambios –estímulos– del propio planeta y el comportamiento –respuestas– de los seres que lo habitan.

Sin embargo, aunque percibimos esos cambios y la necesidad emergente de acompañarlos, nosotros los despreciamos y siempre vivimos como si fuera verano.

Y, evidentemente, ahora en invierno es cuando esta incoherencia se acentúa más.

Por un lado podemos sentirnos más cansados, con más sueño. El estado de ánimo y el humor decaen. Puede que los apetitos también cambien, el de comida y el de sexo. Incluso nuestras capacidades de atención, concentración, creatividad.

No es de extrañar. Simbólica, biológica y estacionalmente, el invierno es el momento natural de reposo, de sueño, para recuperarnos de lo que llevamos a cuestas y para prepararnos de cara a lo que se avecina.

Pero por otro lado, nos levantamos y nos acostamos a la misma hora, comemos prácticamente lo mismo y hacemos lo mismo, a un ritmo especialmente intenso e ininterrumpido.

¿De verdad pensamos que no vamos a pagar el precio?

Hoy ya SABEMOS que en mayor o menor medida, más mayor que menor, todas las enfermedades modernas tienen relación con la insuficiencia de sueño, el estrés crónico (no agudo), la falta de exposición a la luz solar, etc.

Nos movemos lo mismo, con incoherencia estacional

(Bueno, algunos no se mueven lo mismo, es decir, nada. Es una incoherencia evolutiva a-estacional.)

Para echar más leña al fuego de estas incoherencias, errores, faltas de respeto a los ritmos naturales, los que nos movemos pretendemos hacerlo igual y al mismo ritmo todo el año, aunque sabemos que en invierno no nos apetece tanto o el cuerpo no está tan predispuesto –¿no has notado que tus articulaciones suelen estar más rígidas en enero que en julio?

Y para avivar más la llama de ese incendio de incoherencias, la (in)cultura del movimiento, del aparentar, de la cantidad, de la épica, del estar siempre en la cresta de la ola, lo que añade no es la leña sistémica y convencional que ya traemos de serie, sino más bien gasolina en forma de HIIT’s, WOD’s, ULTRA’s, EPIC’s, MASTER’s, IRON’s, pim’s, pam’s, pum’s.

No.

Esto no se aguanta por ningún lado. Como casi todo, o casi nada.

O al menos a mí no me da la gana aguantarlo.

Desde hace años, desde aquella una vida sencilla que recordarás si me acompañas desde hace tiempo, progresivamente y con un montón de imperfecciones –sigo aprendiendo– decidí adaptar mi vida, toda mi vida, en busca de coherencia.

De esa búsqueda surgen las ideas que comparto ahora, aquí.

Como siempre, piensa que esto no ocurre de un día para otro, que no tiene por qué ser igual para ti, que los matices personales y contextuales son infinitos, que algunas decisiones también implican ciertos sacrificios, como hacer frente a cierta sensación de desconexión o soledad, que la mayoría de ellas son reversibles, y que, por tanto, todo puede cambiar de nuevo, incluso mi propia opinión.

6 Ideas para moverte vivir mejor en invierno

1. MOVIMIENTO MENOS VIGOROSO

Esta es de Perogrullo. Algo obvio. De sentido (no tan) común.

No es momento para nada muy intenso, metabólico, cardiovascular. Tampoco para mucho volumen, acumulación de esfuerzo.

Trabajo técnico, preciso, al detalle.

Pocas series. Poca carga. Pocas repeticiones.

Un poco de todo, sobre todo poco.

Menos descansar. Descansar más, mucho. Más descanso. Mucho descanso.

Y entre medias malabares, o ejercicios de ritmo, respiración, control motor.

También juegos. Eso siempre. Que pueden ser desafiantes, sí. Pero no en cuanto a intensidad, sino a dificultad.

2. CONSCIENCIA, SENSACIONES, REPARACIÓN

Si haces menos, es una buena oportunidad para escuchar más, sentir más, o llámalocomoquieras más.

En fin, para darte cuenta.

Y si te has movido bastante durante el resto del año, lo más normal es que te des cuenta de que tu cuerpo está cansado, tocado, poco fresco.

El invierno es un buen momento para parar(se) y reparar(se).

Esa reparación incluye esas pequeñas molestias, que no tienen por qué ser lesiones (dolor no implica daño), que llevas arrastrando desde hace tiempo.

Al fin y al cabo, has aprendido que moverse, como vivir, conlleva dolor, con más frecuencia de lo que te gustaría, y daño, a veces.

Pero tampoco es cuestión de estar siempre fastidiado.

Es comprender que doler va a doler, o molestar va a molestar, te muevas o no te muevas. Mejor en movimiento, en vida, ¿no?

También es algo cíclico.

Respeta los ciclos.

3. HORARIOS, EXPOSICIÓN AL SOL Y AL FRÍO

Es muy fácil. Y lógico.

En pleno verano movimiento en los extremos del día, justo después del amanecer y durante el atardecer.

En invierno a mediodía.

Siempre que sea posible, al sol.

Y al frío. Que como estímulo es muy interesante, no solo en lo fisiológico. También y sobre todo para educarte en que eso del frío es algo muy relativo. El frío te curte en la teoría de la relatividad. Como el dolor.

Todo esto me lo ha enseñado Lula, mi perra.

No es necesario leer, ni estudiar, ni escribir, ni demostrar, ni pensar, ni invertir millones en investigar más y más cuando, por otro lado, ya se ha demostrado que servirían más si se destinaran a ayudar de verdad.

Total, no hace falta teorizarlo más.

Hace falta experimentarlo.

4. COMER MENOS CANTIDAD Y CON MENOS FRECUENCIA

Esto es para cogerlo con pinzas.

Por lo general, creo y solo creo que en invierno –y en verano también– la mayoría necesita comer menos y con menos frecuencia. Es algo que me parece evidente.

Sí, esto implica practicar algún tipo de ayuno.

Ahora bien, como todos cometemos ciertas incoherencias y somos humanos, mortales, imperfectos, lo de espaciar más las comidas lo matizaría muchísimo.

De hecho, debido a cierta tendencia binaria, ahora que está de moda parece que ayunar sea la panacea.

Ojo. El ayuno intermitente tiene muchísimos beneficios, pero también se ha sobrevalorado. Es más, habría que practicarlo con cuidado. Porque ayunar es un estresor, y más si no estás habituado. Y si al estrés del ayuno le sumas todo el resto de estrés que llevas en la mochila… El remedio puede ser peor que la enfermedad. Tiempo al tiempo.

Por eso, y por ejemplo, justo ahora yo ayuno menos que en otras épocas del año. Y no porque sea invierno, sino por mi contexto personal este año. No es que viva una vida muy estresante, y con el tiempo he aprendido y sigo aprendiendo a tomarme las cosas con más calma. Pero justo ahora estoy trabajando en algo que requiere de muchísima energía. No voy a estresar a mi cuerpo desde un punto de vista energético. No voy a despistarme con eso.

De nuevo, escucha y respeta los signos. Si ayunas y todo está fantástico, adelante. Pero si estás cansado a las dos horas de levantarte, arrastras la fatiga día tras día, te lesionas con facilidad, la sensación de hambre te produce mucha ansiedad, o pillas resfriados, cagaleras o infecciones cada dos por tres… come, por Dios.

Aún así, sin ninguna duda, la estación «natural» del ayuno es el invierno.

5. DORMIR, DORMIR Y DORMIR

Otra cosa que me ha enseñado Lula. También lo dicen mucho en los documentales de animales.

Es más, re-pensando el punto 3, si escucho y me doy cuenta, collons, en invierno a las 19 estoy KO y, aunque madrugo por causas conyugales, me cuesta mucho más levantarme que el resto del año.

Dormir más en invierno es una necesidad natural y, por tanto, una prioridad.

Experiencia personal. A las 21 luces ténues y silencio. A las 22-22:15 a la cama. A las 6:45-7 arriba. Sí, hasta nueve plácidas horas.

Súmale una siesta de entre media y una hora, cada día.

Y alguna otra cabezadita.

–¿Y todo lo demás?

¿Te refieres a trabajar, ver las noticias, whatsapp, leer, estudiar, quedar con gente, obligaciones, blablablabla…? Sin dormir, no hay nada de todo eso que alcance un mínimo de calidad, my friend. Mejor poco y al 100% que mucho y atontado –o enfermo.

¡Ah! Y lo más importante. Todo esto libre de culpa –lo que nos lleva a la idea fundamental.

6. EXIGENCIA, MEDITACIÓN, SERENIDAD

El clima, las horas de luz y los ciclos estacionales nos afectan. Todos lo sabemos.

–¿Otra vez?

El estilo de vida convencional que llevamos, extremadamente exigente, nos afecta. Todos lo sabemos.

Y no hacemos nada al respecto.

No estoy hablando de cambiar el mundo. El síndrome del salvador moral del mundo y el universo es una trampa muy peligrosa, una misión que me queda muy grande, te queda muy grande, nos queda muy grande.

Solo hablo de una alternativa, o varias, hacia cierta coherencia.

Partiendo de la idea de consciencia, he experimentado que los inviernos son buenos para reflexionar sobre esa hiperexigencia a la que nos someten sometemos, apostar por la práctica deliberada de la serenidad y bajar el ritmo.

Sí, lo sé, es muy fácil decirlo, y también entender estas ideas.

¿Hacerlo?

No, no lo es. Tampoco lo he dicho en ningún momento. Los cambios intencionados casi nunca ocurren de la noche a la mañana, y la presión en masa, social y cultural, es brutal, especialmente a nivel laboral y familiar.

Pero el mayor «enemigo» no está fuera, sino dentro.

Porque si quieres cambiar algo en el sentido que he compartido hoy, la más dura de las batallas va a ocurrir en tu cabeza. O cabezón.

Vas a sentirte solo, a veces juzgado, a menudo exigido.

Y vas a necesitar tener las cosas muy claras, respirar mucho, repetirte como un autómata «tranqui, tranqui, tranqui, todo está bien, no pasa nada, no hace falta más, es suficiente».

Ejercitar y desarrollar la serenidad.

En invierno.

Y en primavera, verano y otoño.

 


Rober Sánchez – M de MovimientoSoy Rober Sánchez, director del Laboratorio de Movimiento, nuestra plataforma de entrenamiento online. Desde 2003 enseño a las personas a entrenar para construir cuerpos móviles, fuertes y hábiles, y poder moverse de verdad.

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